Sermones de pENTECOSTÉS

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1994 - Ciclo B

PENTECOSTÉS

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-23
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y, poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con vosotros!" Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Recibid al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que vosotros se los perdonéis, y serán retenidos a los que vosotros se los retengáis".

SERMÓN

En nuestros días cualquier lector de Anteojito o del libro gordo de Petete o, en mi infancia, de Billiken o del Tesoro de la Juventud, sabe que el viento no es sino aire que se desplaza de un centro de alta presión a uno de baja, y que su velocidad la miden los anemómetros .

Más: sabe que el aire no es más que moléculas en estado gaseoso: 78 % de nitrógeno, 21 % de oxígeno, uno por ciento de argón, y rastros de neón, helio, criptón, ozono, con variables cantidades de agua y dióxido de carbono, más polvo, polen, y en las ciudades como Buenos Aires, carbón y suciedades de perro en suspensión.

Que el aire forma una envoltura gaseosa llamada atmósfera, ya es lenguaje común; que vivimos fundamentalmente en la troposfera -unos 16 kilómetros de altura-, seguida de estratosfera, mesosfera, termosfera y exosfera, eso ya pertenece al lenguaje técnico.

Pero no se crea que estos conocimientos, que están hoy al alcance de cualquiera, han pertenecido desde siempre a la humanidad. Piénsese que, hasta la segunda mitad del siglo XVII , no se supo que se trataba de una mezcla de gases. Se creía que era un elemento simple. El famoso elemento aire , que junto con el agua, el fuego y la tierra, componían para los griegos la tétrada elemental de la cual estaban compuestas todas las cosas.

Pero ¡que cosa misteriosa habrá sido para los antiguos el aire! Esto que no se puede tomar con las manos; nada parece poder encerrarlo: se desliza bajo las puertas, por las rendijas de las ventanas; de pronto fresco, de pronto cálido; de pronto calmo, de pronto viento, tempestad. Indispensable para vivir, para respirar, para impulsar las naves, pero a la vez destructor y maligno en los huracanes, en los tornados, en los vendavales. Caprichoso, inestable, como un ser vivo; no como la tierra, más previsible, inmóvil en las montañas, inerte en los valles.

Pero, sobre todo, para el hombre primitivo era impresionante verlo, al aire, como aquello que, entrando y saliendo de la nariz y la boca de los animales, les daba vida. La muerte venía en un último expirar el aire. La respiración era, en cambio, signo de vida. "Aún respira; vive ".

El aire, sí, daba la vida. Avivaba el calor vital, el elemento fuego que también constituía a los vivientes. Sin aire, ese fuego se apagaba, por eso el cadáver se enfriaba, se transformaba en pura tierra y agua, yertos, gélidos. Al dar la vida, el aire era también señal de los estados de ánimo: suave en el sueño, agitado en la actividad, anhelante en las preocupaciones, profundo y ruidoso en las iras..

Pero, como el mismo mundo, el universo, era considerado como un ser vivo, se pensaba que era el aire, lo de arriba, lo que lo animaba. Así como los seres vivos estaban compuestos de alma y cuerpo, así el mundo: alma, el aire; cuerpo, la tierra. Enojado en el huracán; sereno, complacido, en la calma.

Estas figuraciones primitivas son el acervo constante del antiguo pensamiento mítico de la humanidad. Y eso ha quedado reflejado en el lenguaje, en la etimología de ciertas palabras que aún usamos nosotros.

El mismo término alma no quiere decir sino eso: aire. Viene del sánscrito atma , cuya raíz aún usamos nosotros en el término atmósfera, la esfera de atma. De hecho para los hindús el alma humana no es sino una pequeña partícula de esa alma universal, de ese gran aire. Y a los personajes conspicuos los llaman grandes almas, maha -grande- y atma, por ejemplo el maha-atma Ghandi.

Lo mismo las palabras ánima, animoso, ánimo, vienen del griego anemós, viento, de donde anemómetro.

De la raíz sánscrita 'spu' soplar, viene el griego psijé , soplo, de donde nuestro español la psique, la psicología, el psiquismo...

En latín el 'spu' indoeuropeo, soplar, se transforma en spirare, respirare, espirar, espíritu...

El término griego que aparece en nuestros evangelios para designar al espíritu, es uno parecido pneuma y también significa aire, como en pneumático... el pneuma agiós es el espíritu santo.

Etimologías semejantes tienen los términos Seele o Geist alemanes o el o soul inglés.

No es extraño, pues, que también la palabra hebrea que significa viento haya tenido enorme importancia en el pensamiento bíblico.

Es casi una onomatopeya: porque viento en hebreo se dice ruah: suena a rugido, ruaaajjjj, el rugido, el soplo, el respirar del cielo, el respirar de Dios.

En nuestras biblias modernas, traducidas al español, nosotros muy cómodamente distinguimos la palabra Espíritu con mayúscula, y viento, con minúscula. Pero ya eso es una interpretación del traductor, porque la verdad es que en los originales hebreos no hay mayúscula ni minúscula; y no hay dos palabras: una, espíritu y, otra, viento, sino una sola ruah .

Y, como en las viejas mitologías, también es este viento, soplo, o respiración de Dios el que da la vida a los animales: "si les quitas tu ruah, tu aliento, tu aire, dice el Salmo 103 expiran y vuelven al polvo" "Si envias tu ruah, tu aliento, son creados y renuevas la faz de la tierra".

Y es el viento de Dios -el espíritu de Dios, traduce la Vulgata- el que sobrevuela el abismo, como para darle vida, al comienzo de la creación "la tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el ruah elohim , el soplo, el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas"

Pero, poco a poco, a medida que el hebreo, a diferencia de los demás pueblos, se va dando cuenta de que Dios no se identifica ni con los elementos ni con la naturaleza, el término se va reservando para designar intervenciones específicamente divinas: es el ruah elohim o el ruah yahvé , el espíritu de Dios, el que da fuerza a Sansón, a Deborah, a los jueces... es ese mismo viento, espíritu, el que le da sabiduría a Moisés, y luego a David y Salomón para que guíen a su pueblo..., es ese mismo el que inspira a los profetas para que hablen, prediquen, amenacen, consuelen...

Pero ese espíritu no es ahora, como en las demás religiones, la divinidad impredecible y veleidosa de los cambiantes vientos, el espíritu caprichoso de las tormentas, de los remolinos, de los demonios que provocan la amencia en los alienados, o los raptos extáticos en los chamanes: es un espíritu guiado por la palabra, por la verdad, por la sabiduría, por la ley...

En realidad en este estadio de la teología véterotestamentaria ya el espíritu de Dios no es el Atma de la naturaleza divinizada, que participa el hombre solo porque vive, como entre los hindús y todos los panteísmos; no: es el Ruah propio y exclusivo de Dios, trascendente a toda posibilidad de la materia y de lo biológico. La vitalidad del hombre es solo un leve soplo -dice ahora la Biblia- un aliento distinto, creado, finito, mortal, para el cual se utiliza, en hebreo, un término diferente: no ruah sino nefesh o neshamá ... Se empieza a distinguir la vida propia y exclusiva de Dios, diverso de la naturaleza, Creador trascendente al universo; y la vida biológica, el existir del mundo, de la creatura... Para señalar esta diferencia el lenguaje hebreo utiliza una distinción singular: a la vida de Dios, la llama espíritu, el ruah... A la vida puramente natural, humana, la llama báshar , 'carne'. Espíritu y carne. Como Vds. ven, nada que ver con la distinción dualista entre alma y cuerpo de los hindús o de los griegos. Por ejemplo, cuando San Pablo -lo hemos oído en la segunda lectura- habla de que el espíritu lucha contra la carne; o distingue entre las 'obras del espíritu' y las 'obras de la carne', no está apuntando a una lucha maniquea entre el alma y el cuerpo, entre la razón y la materia, sino el antagonismo entre la gracia que trata de elevar a lo humano y lo humano que se quiere quedar en lo puramente humano, prescindiendo de Dios, negando a Dios.

Porque esta distinción no quiere decir que se abra un abismo infranqueable entre el mundo de Dios, el mundo del Espíritu, de su ruah, y el mundo del hombre, el de la carne... Al contrario Dios quiere, por la fé, por la gracia, hacer partícipe a su pueblo, al hombre, a la carne, de esa su vida, de ese su ruah exclusivo...

Pero Israel -como el mundo contemporáneo, descristianizado, paganizado- finalmente lo rechaza, persigue a los profetas, se detiene en sus ambiciones puramente humanas, políticas, económicas, piensa como los fariseos que una ética puramente humana, de derechos humanos, es, sin la gracia, capaz de garantizar paz y prosperidad, y entonces, es como si el espíritu de Dios dejara de alentar entre ellos.

Pero precisamente son esos profetas quiénes señalan que llegará un día en que Dios intervendrá definitivamente en la historia y, más allá de lo humano, infundirá su vida en el mundo.

Esa vida se injerta en la historia del cosmos, en la creatura, en este universo, mediante la Pascua, porque la vida divina que alentó en Jesús, el verbo hecho carne, el verbo hecho hombre, es la que desde la Resurrección ahora sopla sobre su Iglesia.

Ese es el significado de Pentecostés: Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre, promovido definitivamente a su condición divina, habiendo roto el limite de lo humano, superado el programa de muerte de nuestra biología, traspuestos los horizontes caducos y limitados de las pobres felicidades del hombre, habiendo alcanzado la felicidad divina, ahora nos transmite, en forma de gracia, esa existencia novedosa, esa irrupción de ser y felicidad, que no proviene ni del progreso, ni de la evolución, ni de la técnica, ni de la política, ni de la mera ética ni de ninguna realización puramente humana, esa nueva vida que transforma al hombre desde arriba, desde la gracia y que, más allá de nuestras posibilidades naturales, nos eleva a la vitalidad trinitaria...

¿Y qué extraño que, respetando nuestro pobre lenguaje, eso se simbolice en forma de viento que viene a atizar el fuego de nuestra vida?: la casa -donde están reunidos los discípulos- conmovida por el ruah, las lenguas como de fuego, el hombre que finalmente se entiende con su hermano, y entiende la palabra de Dios...

Porque la vida de Dios, su espíritu, no es un puro ímpetu, frenesí, impulso ciego: es acto consciente, es vitalidad inteligente; y, en la intimidad divina, por eso dice la teología que el Espíritu es espirado por el Verbo, por la palabra, por la inteligencia. El espíritu no es tumulto, no es un carismatismo ciego hecho de balbuceos y pseudoexperiencias místicas, de falsos milagros y movimientos desbocados, de pentecostalismo espurio, de búsqueda de emociones y sentimientos, es -como dice nuestro evangelio-, espíritu de la verdad, el que nos lleva a la fe católica, el que nos hace reconocer con nuestra inteligencia la realidad de Dios y de Cristo y nos la hace vivir en el respeto a sus mandamientos, en adhesión a su iglesia, en lucidez y sentido común, en auténtica caridad.

Hasta el día venturoso en que, en la casa del Padre, todo sea, con Cristo, luz y alegría, mirada clara y alborozo de amor, en el Espíritu Santo.

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