Sermones de pENTECOSTÉS

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1992 - Ciclo B

PENTECOSTÉS

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-23
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y, poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con vosotros!" Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Recibid al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que vosotros se los perdonéis, y serán retenidos a los que vosotros se los retengáis".

SERMÓN

En la última página del Pasaporte argentino, imitando al de otros países, hay una cláusula algo macabra, por la cual uno, firmándola, dona al CUCAI, en caso de fallecimiento, sus órganos para transplante. Como Vds. saben CUCAI es la sigla del "Centro Único de Coordinación de Ablación e Implantes". La verdad es que uno haría la donación con mucho gusto si supiera que lo van a destripar, recién, de tener la absoluta certeza de que uno está muerto. Pero como los mismos médicos discuten respecto de cuando puede determinarse fehacientemente que alguien esté finado, siempre se corre el peligro de caer en manos de uno con excesiva amplitud de miras que le comience a sacar las vísceras antes de tiempo.

Hasta fines del siglo pasado el método más corriente era sacar un espejito, ponerlo delante de la boca del agonizante y ver -al tiempo que se tomaba el pulso- si se empañaba o no. Falta de latidos y de respiración eran las señales más evidentes de la muerte.

Aún así la sabiduría popular exigía normalmente largos velorios. Una vez que, a pesar de las flores, el olfato confirmaba el diagnóstico del médico, entonces era la hora del entierro.

La sangre y la respiración, por el contrario, eran el signo de la vida. Esa sangre roja, caliente, encendiendo el cuerpo y que, en los momentos más vitales de esfuerzo, o de pelea, o de pasión, parecía que hacía aumentar la temperatura; pero que se volvía opaca, apagada, tibia en el enfermo, en el cobarde, en el desanimado, decían los antiguos que participaba en su color y su calidez de las cualidades del fuego .

Lo mismo la respiración , que, tranquila en el sueño, pausada en el descanso, nula en la muerte, se agita y sopla vehemente cuando el hombre o la mujer o el animal, entran en acción.

¿Como no asociar, pues, la vida al fuego y al viento, esa como respiración simbólica de Dios que, cuando sopla mueve los barcos, impulsa los molinos, levanta las olas, barre las nubes, refresca los días sofocantes?

Y eso quieren decir en su etimología la palabra hebrea ruah, la latina spiritus, las griegas psijé, pneuma y anemós: de allí psique, espíritu, animal, anima, alma... todas derivadas de términos que significan viento, respiración.

Entre los hebreos, precisamente, según esta etimología universal, aquello que hacía a la vida de Dios se llamaba espíritu, "ruah", en hebreo. Muy distinto del breve soplo del hombre, la "neshamá", que se le había infundido al barro.

Por eso, cuando más allá de lo humano, de ese soplo del hombre destinado a alentar, expirar por última vez, Dios promete para la plenitud de los tiempos, hacerlo partícipe de su vida divina, los profetas hebreos hablan de que Jahvé Dios dará a los hombres su mismo espíritu, su Ruah .

Esto es lo que hemos visto precisamente en la escena memorada en la primera lectura: la ráfaga de viento, el ruah, el nuevo fuego vital encendido en cada uno de los discípulos. La plasmación simbólica de la transformación que la vitalidad divina, la gracia, realiza en cada uno de los creyentes.

En realidad este espíritu, que como es divino, se califica como santo -santo es lo perteneciente al ámbito de lo celeste, de lo separado de la creatura-, este, pues, espíritu santo, hasta aquí, en esta escena, no parece ser más que una fuerza, una cualidad, una gracia impersonal que proviene de Dios, que lo manifiesta, pero que estricta­mente no se identifica con él.

En la carta de San Pablo, leída en segundo lugar, se avanza algo más. El espíritu de Dios se identifica ahora con el espíritu de Cristo. Porque ha sido el espíritu de Dios el que resucitó a Jesús in­fundiéndole la vida de Resucitado, la vida de sentado a la derecha del Padre, la vida de Dios. Cristo posee el mismo espíritu de Dios y por eso puede llamarse a éste el espíritu de Cristo. Y es Cristo ahora el que puede alcanzar al hombre ese espíritu que le ha sido dado por Dios. Ese espíritu ya habita en nosotros y como es el espíritu del hijo de Dios, tiene el poder de hacernos a nosotros hijos adoptivos, y clamar a Dios, como Jesús, Abba , es decir, "Padre".

No es fácil a este nivel de la reflexión paulina darse cuenta de qué cosa sea este Espíritu. Pero es evidente que tiende en su concepción a personalizarse. El que Pablo lo nombre constantemente junto con el Padre y con el Hijo en trilogías que se repiten en todas sus cartas -Padre, Hijo y Espíritu Santo- lleva a pensar que más que en algo, más que en una fuerza anónima, se está pensando en Alguien, en un ser personal. Como si espíritu santo ya no hubiera que escribirlo con minúsculas, tal cual designaríamos un objeto, una cualidad, sino con mayús­culas.

Así, con mayúsculas, lo encontramos en nuestras versiones impresas modernas de la Biblia. Pero, en realidad los manuscritos griegos no traen mayúsculas. Prueben Vds. leer el nuevo testamento quitándole las mayúsculas cada vez que aparece el término Espíritu Santo y verán que no es tan sencillo darse cuenta cuando el significado apunta a un ser personal y cuando a una fuerza anónima.

El paso hacia la afirmación de la personalidad del Espíritu Santo lo ha dado claramente el evangelista San Juan. Allí es clarísimo, en la utilización del curioso término "paráclito". "Yo me voy......pero rogaré al Padre, y él os dará otro paráclito para que esté siempre con vosotros"

El término paráclito tiene connotaciones claramente personales. Jesús habla de "otro" paráclito. Lo cual quiere decir que el mismo se considera el primer paráclito. Precisamente en la primera epístola de Juan se afirma "no temáis, si alguno peca lo tenemos a Jesús de paráclito delante del Padre ".

El vocablo "paráclito" aparece solo cinco veces en todo el nuevo testamento y solo en los capítulos 14 al 16 de Juan. En la esfera lingüística griega, 'o parakletos designa en general el que sale en favor de otro, al mediador, al intercesor, al defensor, algunas veces al abogado. Lo que significa etimológicamente: 'ser llamado al lado de'.

En el caso de su uso evangélico hay que entenderlo por su propio contexto. Pero lo obvio es que Juan piensa en alguien que reemplazará o prolongará para siempre y para su iglesia y para cada uno el papel que Jesús cumplió para sus cercanos. Es la misma presencia de Jesús que se continúa después de su partida, pero de otra manera.

Pero de cómo sea persona, o cómo surja en la interioridad del mismo Dios, qué pueda a ese nivel de la inmanencia divina significar, de esto no nos dice nada el nuevo testamento.

Pero la Iglesia quiso seguir reflexionando al respecto. Cuando ya en el siglo cuarto, después del Concilio de Constantinopla del año 381, se define la igualdad plena del Espíritu Santo con el Padre y con el Hijo, en el seno de Dios, desde la eternidad, poco a poco los místicos y los teólogos se van preguntando cómo puede ser eso: qué puede llamarse Hijo en Dios sin recurrir a imaginaciones groseras, incapaces de respetar la perfecta simplicidad y espiritualidad divinas y qué Espíritu Santo, ya que de por si Dios no podía sino ser todo Espí­ritu y todo Santo. ¿Cómo distinguir en Dios un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo sin herir la perfecta simplicidad y unicidad divina y al mismo tiempo manteniendo una verdadera distinción real?

Es allí que, desde San Agustín en adelante, pensaron que, si aún las personas humanas se relacionaban y entraban en contacto y eran re­almente personas fundamentalmente en cuanto eran capaces de conocerse y amarse, y que, fuera del conocimiento y del amor, ningún hombre ni mujer podían verdaderamente comunicarse, ni hacerse unos y al mismo tiempo ser distintos, si en Dios había algún tipo de comunión interna, tripersonalidad y al mismo tiempo unidad perfecta, ésta no podía sino darse en el plano de su conocer y de su amar.

Que el Verbo eterno tuviera algo que ver con el conocimiento, con el saber; que, así como se puede decir que uno da a luz, concibe ideas, algo semejante pudiera pasar con la paternidad divina, engen­drar mediante el conocimiento a alguien llamado hijo, éso prontamente lo aceptó la Iglesia. Pero ya san Agustín pensó que algo semejante de­bía pasar con la tercera persona, con el espíritu santo entendido no como calificación divina común a todo Dios sino al que con estos términos se apellidaba como con nombre propio, con mayúsculas.

Así como el Verbo, el Logos algo tiene que ver con el conocer di­vino, así el Espíritu Santo algo tendrá que ver con su amar, -afirmaba Agustín- al fin y al cabo ¿no es más bien el amor y no la inteligencia lo que tiene que ver con el fuego, con el viento, con la vida, con los suspiros?

En el siglo trece Santo Tomás de Aquino desarrolla estas ideas. Lo del Verbo parece más o menos claro: cuando uno conoce a algo o a alguien le surge, le nace una idea de aquello que conoce. Resulta una buena comparación: se distingue bien el acto de conocer el objeto -que en Dios sería lo común a las tres personas- y el acto de idear, de concebir el concepto respecto del objeto -que sería lo propio del padre, de la primera persona-. Pero, se pregunta Santo Tomás, en el amar, ¿se puede distinguir algo más que el puro amor, que el acto de amar que es común a las tres personas? Cuando amo a alguien simplemente lo amo a él, amo a la persona. Cuando conozco a alguien, en cambio, además de conocerlo, engendro en mi una idea de aquel a quien co­nozco. Parece ser distinto.

Y sin embargo Santo Tomás dice que no lo es. Que también cuando uno ama tiene que hacer nacer en su capacidad de amor, en su querer, en su voluntad, algo distinto del puro acto de amar y que hace captar, atraer, al amor con todo lo que de digno de ser amado hay en lo amado.

Son esos cariños que crecen en nuestra voluntad respecto de seres que incluso a lo mejor al principio no queríamos: esa materia que nos resultaba insoportable, pero que poco a poco aprendimos a ir queriendo: al principio nos pareció un plomo, pero el profesor, o alguien, o nosotros mismos, nos hicieron ir descubriendo en ella aspectos interesantes, atractivos, amables, haciendo crecer algo en nuestro querer: una seducción, una afición; y, finalmente, aquello que al comienzo era un queso ahora nos llama y entusiasma. O esa persona que fuimos halla n do poco a poco, ese compañero de estudios, de trabajo: opaco, inadvertido, quizá incluso antipático: día a día se nos fue revelando en valía, en cualidades amables, en bondad y poco a poco aprendimos a quererlo; hubo algo que fue creciendo dentro de nuestra capacidad de amar, que surgió como un impulso de simpatía y de amistad, como un reclamo e imán hacia él, y que siempre vive en nosotros y está dispuesto a despertar y gravitar tan pronto nos encontramos con esa persona.

Es precisamente el objetivo del cristiano: hacer surgir en nuestro querer impulsos de amor cada vez más profundos y cálidos, aún por aquello que no nos gusta pero que debemos hacer, o por aquellos que nos resultan quizá espontáneamente desagradables, poco atrayentes, poca cosa; es algo que se trata de hacer crecer dentro de uno para que ayude a amar como Dios nos pide.

No es la pura atracción: es algo que en cualquier amor en serio ha de crecer adentro como un arrastramiento, como un hechizo, como un ímpetu. Eso que en los verdaderos matrimonios va surgiendo y aumentando y haciéndose cada vez más sólido en los mismos quereres de los cónyuges y se transforma en el lazo objetivo, tierno e irrompible de amor mutuo que ninguna desavenencia temporal o problema puede quebrar.

El arte de amar no es pues solamente el acto de amar bien; es el saber hacer surgir y crecer dentro de nuestro amor ese impulso, esa coincidencia, ese aprecio, ese calor, esa empatía profunda respecto de lo amado o del amado.

Y es precisamente eso que surge dentro de Dios como fruto del amor común a las tres personas, como fuego de amor del Padre y del Hijo, como tempestad de gozo de amar y perfecta respuesta a todo lo digno de amor que hay en Dios y a todo aquello a lo cual Dios quiere crear y amar: eso dice Santo Tomás es el Espíritu Santo. No es simple-mente el acto de amar común a todo Dios: es la hoguera de dilección, de afecto supremo, de empuje amante, de ternura paterna y filial, que abrasa y magnetiza el querer divino y surge como tempestad y viento, y es también Persona, en el seno de Dios.

La vida de Dios, que es fundamentalmente conocer y amar, es pues eterna comunicación y comunión de tres que engendran, nacen y surgen en éxtasis de felicidad suprema en la fecundidad infinita de ese cono­cimiento y ese amor insondables.

Esa es la misma vida y felicidad que Dios quiere dar al hombre. En Jesucristo nos ha dado el conocimiento, el saber. Esa misma idea brillante con la cual el padre piensa a los tres y a todas las creatu­ras cuando las crea y las mantiene en la existencia, esa misma idea o palabra o verbo es la que se ha hecho hombre en Jesús. En él sabemos que es la vida, cual el camino, cual la verdad. Pero ahora es necesario vivirla, ponerla en práctica, transplantarla en nuestro corazón.

Pero eso sería desproporcionado a nuestras fuerzas si, además del verbo no nos diera el fuego, el viento, el impulso, la gana, el amor, capaz de adecuarnos a tan alta meta, a tan grande idea, a tan grandiosa Palabra. En Pentecostés, después de habernos hablado en Jesucristo, Dios envía a la Iglesia, a nosotros, su propio fuego y calor. Es la ablación e implante, es la participación, de ese abrasador impulso de amor que desde la eternidad suspiran en fuego y trueno el Padre y el Hijo. Es esa ternura extasiada que, desde los Tres, preside el amor a sus creaturas, la que desde la misma fuente de amor intradivino que es el Espíritu Santo, se instala en la Iglesia como Paráclito, y pugna por transformarse también en cada uno de nosotros -rompiendo el límite mezquino de nuestros amores egoístas- en Vida verdadera, en caridad perfecta.

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