1995 - Ciclo C
VIGILIA PASCUAL
SERMÓN
El primer día de la semana, al amanecer, fueron las mujeres a lavar el cuerpo de Jesús ...
Desde la terrible tarde del viernes y todo el sábado, éste ha permanecido tal cual fué descendido de la cruz, cubierto de sangre coagulada, de los salivazos secos de la plebe, de su propia transpiración... Las prescripciones rabínicas sobre el sábado son tajantes: nada ese día se puede hacer, ni siquiera caminar hasta el sepulcro para rezar frente a él, ni siquiera pasar a su cuerpo yerto un paño húmedo, ni darle un último beso y, menos, limpiarlo y ungirlo como manda el ritual...
Si terrible, temiblemente santo, el sábado... Vieja institución, de la que no se saben bien los orígenes.
Algunos los fijan en una asimilación de la costumbre babilónica de hacer una pausa en la mitad del mes, en la luna llena. El acádico sháppatu tiene la misma etimología de shabát : "cesar", cesar en el trabajo, descansar.
Otros, más bien, remontan su origen mucho más atrás, a la época mosaica -s. XIII AC-, una costumbre madianita o quenita que el caudillo habría adoptado junto con la adoración a Yahvé, divinidad de estos pueblos.
Se discute. Lo cierto es que cuando, mucho más adelante, en la época del destierro en Babilonia, siglo VI antes de Cristo, era imposible celebrar las fiestas principales que exigían de templo y sacerdotes, el sábado -simplemente no trabajar, reunirse para leer la Escritura- se transformó en la más importante de las formas de mantener la identidad nacional, la idiosincrasia judía, lejos de su tierra y de su templo. Todavía hoy, para ese pueblo, es la institución fundamental.
Observar el sábado, signo de la alianza entre Dios e Israel, era prueba de fidelidad a ésta y garantía de salvación.
En tan importante se transformó el sábado que, cuando en el s. VI antes de Cristo se elabora el poema de la creación que hemos escuchado en la primera lectura, basado en un antiguo mito de ocho obras, con la intención de dar sentido a la semana de seis días y sacralizar el sábado, estas ocho obras han de comprimirse en seis días. Por lo cual, si Vds. escucharon bien, en vez de una, hay dos obras respectivamente en el tercero y sexto día, rompiendo el ritmo del cántico.
Pero así, el sábado quedaba justificado y santificado en un acto fundante, primigenio, de Dios: el acto mismo de la creación y, por lo tanto, como el festejo más sagrado de todo Israel. Las demás fiestas, en cambio, tenían justificaciones históricas posteriores, más cercanas.
Una de esas fiestas, precisamente, era la Pascua . Ella se asentaba no en el acto creador, sino en la legendaria salida de Egipto -considerado míticamente tierra de esclavitud- hacia la tierra prometida, lugar de libertad, de plenitud, de lugar de encuentro con Dios.

Fiesta de origen agrario, la Pascua - pesah -, poco a poco había sido cargada, por los teólogos de Israel, de significado religioso y, en épocas más próximas, se había transformado en la conmemoración del día en que Dios había fundado, elegido y creado a su pueblo, sacándolo de la opresión egipcia y haciéndolo nacer en esa tierra de bendición divina que se consideraba la Tierra prometida.
Cuando se escribió definitivamente el relato que hemos escuchado hoy en la segunda lectura -más o menos en el tiempo en que toma forma el poema de la creación, y por la misma mano- ya han pasado ocho siglos respecto de los supuestos hechos a los cuales se refiere.
El núcleo histórico de lo que ese relato cuenta y hemos oído es difícil de discernir. Los testimonios egipcios de la época - Ramsés II - hablan de tribus trashumantes que piden permiso para llevar sus rebaños desde el desierto a las feraces llanuras del delta del Nilo en tiempo de seca. También nos hablan de la utilización compulsiva, en esos mismos lugares, de mano de obra extranjera para las construcciones de los faraones. De todas maneras, la fecha de Pascua marcaba el momento en que los rebaños de esas tribus nómades volvían a las montañas del Sinaí.
Es probable que en algún período de necesidad de trabajadores, los egipcios quisieran impedir a estos nómades alejarse y éstos tuvieran que huir. Es muy verosímil, también, que fueran perseguidos por alguna patrulla de soldados egipcios. Y que éstos, confundidos, se hubieran hundido, y muchos ahogado, casi seguramente en las arenas movedizas del golfo de Serbonis, frente a Baal Zefón -como dice un relato más antiguo de la Biblia del que hemos escuchado-.
Cuando, mucho más tarde, estas tribus se unieron con otras y, a la larga, doscientos años después, integraron el reino de David, en el mil antes de Cristo, este hecho ya había adquirido contornos épicos, legendarios, heroicos... Y cuando nuestro redactor del siglo sexto -ocho siglos después- lo retoma, ya lo muestra como un suceso simbólico, representativo de la fe de los judíos de ser el pueblo elegido y fundado, creado, por Dios... La creación del mundo y la de Israel son dos hechos paralelos y similares. Y, por ello, se adorna el relato del Exodo con imágenes míticas extraídas del mismo poema de la creación.
El pantano se ha transformado en el Mar Rojo, figura de la separación de las aguas primigenias, del abismo. Y, así como al inicio el soplo de Dios se cernía sobre las aguas y luego las separa, así ahora las divide, como entonces, para hacer aparecer la tierra firme y que los judíos puedan pasar 'a pie enjuto'. Y el enemigo es, no ya una patrulla egipcia de frontera, sino el mismísimo faraón y todo su ejército, representantes del poder del mal, de toda opresión, de toda esclavitud. Y, mientras las tinieblas cubren a los egipcios -son su marca-, la luz marcha sobre la columna de nube al frente de Israel: " Hágase la luz ".
Y así, finalmente, como el accionar creador termina consagrando el día del descanso de Dios, el sabáth , el sábado, así ahora su actuar salvífico lleva a Israel a la Tierra Prometida, llamada también la Tierra del Descanso.
Las dos acciones se componen tanto en la mente de los teólogos de Israel, que el sábado también se utiliza litúrgicamente todas las semanas para recordar la Pascua. La creación del mundo está en función de la creación del pueblo elegido y viceversa. Sábado y Pascua se compenetran.
No todo, empero, está cerrado allí; no todo ahí alcanza su fin... La tierra Prometida ha sido de todo menos tierra de descanso: ha habido luchas con cananeos y filisteos, se ha unido y dividido Judá de Israel, Asiria ha liquidado al reino del norte, Babilonia arrasa con el del sur, Jerusalén es tomada y saqueada, dominan los persas, invaden los griegos, se imponen los romanos...
Pero, obcecadamente, Israel sigue confiando en el que venció al abismo primitivo y dividió las aguas rojas, y, ahora, continúa mirando con esperanza a lo que vendrá.
La Pascua de Israel, el sábado, desde Isaías y Ezequiel, no solo conmemoran el pasado sino que sostienen las esperanzas del futuro. El mismo Creador del universo, el mismo liberador y fundador del pueblo de Israel, Él instaurará la Pascua definitiva. Recreará a Jerusalén -como escuchamos a Isaías- con "losas de turquesas, cimientos de zafiros y almenas de rubíes." Reunirá a su pueblo de todos los rincones de la tierra, trocando sus corazones de piedra en corazones de carne -como dice Ezequiel-, y llevará finalmente a su pueblo al sábado definitivo, a la Tierra del Descanso.
Y, sin embargo, esa esperanza de Israel se revela, también, solo como un símbolo ineficaz de lo que realmente quiere darnos Dios. Ya el último Isaías, desilusionado, había hablado de "cielos nuevos y tierra nueva"...
En este mundo solo pueden lograrse justicias imperfectas, gestarse utopías inalcanzables, cambios de régimen y de constituciones y de patrones, pero no cambios definitivos del corazón humano. Y ese corazón de carne del cual hablaba Ezequiel, ¡demasiado de carne se revelaba!: no solo incapaz de cumplir fielmente sus leyes y preceptos, sino destinado a apagarse en un último latir...
Ninguna pascua de Israel, ningún sábado judío, eran capaces de transformar la vida del hombre y, ni siquiera, de sostenerla en este mundo. La verdad era que el único descanso definitivo, la única tierra del descanso, era, inevitablemente y para todos, la tumba, el morir.
Porque ni siquiera el sábado, día especialmente bendito por Dios, día de descanso de Dios y del hombre, podía curar la insanable ambición de vida del hombre. El sábado tornaba invariablemente a un primer día de la semana donde todos reiniciaban otra vez sus fatigas. Y la pascua israelita siempre era una fiesta de nostalgia y de ilusiones indefinidamente postergadas.
Y, así, tanto el sábado como la pascua judías revelan ahora todo su vacío, toda su impotencia, precisamente en la muerte de Jesús. Eso ha sido para Jesús la pascua judía: viernes santo, muerte. Eso ha sido su sábado: la permanencia helada en la oscuridad del sepulcro que ha prestado José de Arimatea...
Pero el día después del sábado , María Magdalena, Juana y la otra María fueron a visitar el sepulcro ...
Y, ahora sí, la noticia gaudiosa, alborozada, increíble: " ¿Porqué buscais entre los muertos al que está vivo...? "
Y ya a Cristo no lo verán más... Verán sus apariciones, él se hará tocar, comerá con ellos, pero ya pertenece a un mundo nuevo y alucinante que no es más el de este viejo universo que se expande, de estrellas que se gastan, de tierra que envejece y de donde, a la vez que el hombre parece progresar, desaparecen bosques, se enturbia la atmósfera, merman las especies, crece el agujero de ozono, aumenta la población y el hambre, y ninguna técnica parece capaz de vencer a la muerte, ni, ciertamente, superar el límite de lo humano...
Cristo inaugura esta noche, más allá del sábado, inicio de otro día, el mundo definitivo, los cielos y la tierra que avizoraba Isaías, la humanidad nueva, promovida, partícipe del existir de Dios...
Lo de hoy no es simplemente el comienzo de un nuevo rumbo en este nuestro tiempo humano. Ni siquiera la fundación de una nueva religión, o el espaldarazo a una nueva filosofía de vida, a una nueva moral predicada por este hombre Jesús, que hoy muestra Dios, resucitándolo, que tenía razón... No: lo de hoy es, lisa y sencillamente, un nuevo comienzo, una nueva creación, la aparición de una nueva especie, el nacimiento de un universo nuevo y que no es éste, aunque haya que llegar mediante éste, y sus trabajos y sus penas y su morir...
Porque la creación no apuntaba como desenlace a la aparición del hombre, ni, una vez aparecido, a su progreso indefinido, ni a la instauración de una sociedad perfecta y justa, ni a la colonización de los planetas y de las estrellas... Ni siquiera al logro de la inmortalidad aquí. Sino que se encamina a esa nueva creación que, a través del pesah y del descanso ficticio y mortífero del sábado, se abre hoy, en este nuevo día fuera de la semana -el octavo día, el día del Señor-, a la plenitud de la Resurrección.
Esta es la verdadera creación, esta es la auténtica liberación de Egipto, este es el definitivo paso del mar Rojo.
Y por eso la Iglesia, alborozada, recurre a los antiguos símbolos de la creación y del Exodo: recita solemnemente sus poemas, recuerda las promesas del viejo testamento, enciende el fuego nuevo y la luz del cirio -a la manera de la columna de nube luminosa que guiaba al pueblo y de la luz que se hizo el primer día- y, ahora, seguidamente, nos hará revivir la división de las aguas primordiales y el paso del mar rojo en la bendición del agua de la pila bautismal.
Esa pila bautismal por la cual todos hemos pasado, como escuchamos a San Pablo, sepultados con Jesús en la muerte y renacidos ya, en germen, a la nueva vitalidad que Jesús posee en su nueva creación, en su octavo día, y que ha de manifestarse en nosotros, todavía aquí, en frutos de santidad.
Y, finalmente, tendremos hoy las primicias de esa nueva creación en el pan y el vino recreados, ese pan y ese vino que por la fuerza de la Resurrección serán materia transmutada, parte del cielo nuevo y la tierra nueva, alimento celeste, primicias de eternidad. Y que, en esta hermosísima noche ya de domingo, superada la infertilidad de la vieja semana que declina en sábado, nos abre llenos de alegría al panorama espléndido de la que inauguramos nueva creación.