1971- Ciclo C
6º domingo de pascua
Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 23-29
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que vosotros oísteis no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, os enseñará todo y os recordará lo que os he dicho. Os dejo la paz, os doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquietéis ni temáis! Me habéis oído decir: "Me voy y volveré a vosotros". Si me amarais, se alegraríais de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Os he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, creáis»
SERMÓN
En una de las tantas audiencias a grupos extraños que Pablo VI últimamente suele dar recibió no hace mucho a uno de esos conjuntos de melenudos ululantes hoy tan de moda -a secuela de los Beatles-. Uno de ellos, encarando al papa irrespetuosamente, le preguntó porqué, ya que se hacía el enérgico prohibiendo píldoras y divorcio, no utilizaba la misma energía para proscribir la guerra en el mundo. El Santo Padre, un poco cortado, contestó que no estaba en su poder hacerlo, y desvió la conversación hacia otros temas.

En verdad, yo hubiera aprovechado la ocasión para pedirle a este buen caballero de luengos cabellos y guitarra en ristre, tan amante de la paz, que comenzar él mismo a hacer algo por ella, con la importante contribución de dejar tranquilos nuestros oídos. Además, así, en sus ratos de silencio, podría darse cuenta de que, si hay un tema que aparece reiteradamente en boca del Papa hasta resultar monótono, es precisamente el de la paz.
Pero es claro que con palabras poco se hace. Porque si de palabras fuera, éste debería ser el más pacífico de los mundos. Nunca se habló tanto de paz. Su bandera es agitada por cuanto político o partido exista. Se predica pomposamente en los inacabables y soporíferos discursos de la ONU. Se chilla histéricamente a través de las aún no bien asentadas cuerdas vocales de los estudiantes. Se discurre agudamente sobre ella en los indigeribles artículos de los rotograbados. Se proponen estupendas estrategias para obtenerla en las filosóficas ruedas del café. La paz -una de las grandes palabras del vocabulario moderno- aún en países que, como el nuestro, hace mucho que no conocen la guerra, está en boca de todos.
Y, sin embargo, nunca ha habido en esta tierra en que vivimos tantas guerras y guerrillas, tensiones sociales y peleas famulares, como las que nos vienen aquejando desde principios de siglo. Basta leer los daros para darnos cuenta de que ésta nuestra época dista mucho de ser pacífica. En otros tiempos, aquellos que los profesores y doctores llaman el Medioevo y consideran "bárbaro", los que peleaban eran sólo decenas, cuanto más, centenares, de profesionales y voluntarios, mientras que el resto de la gente no se veía involucrada -incluso, se consideraba un deshonor batirse con uno de ellos-.
Pero una de las grandes conquistas de la Reforma protestante, la Revolución francesa y el comunismo es que, ahora, todo el pueblo debe pelear, aunque no le guste. La Revolución Francesa y liberal, por lo menos, dio uniformes para distinguir al combatiente del no combatiente e intentó respetar un cierto código de guerra -el después confirmado en los famosos convenios de Ginebra. La revolución marxista terminó con eso y ya no distingue más soldados de civiles, ni respeta ninguna otra ley o código sino el de la victoria final. Y, por eso, le es indiferente matar por la espalda a un oficial o policía o poner una bomba en un supermercado de debajo de las butacas de los cines.
Por esto, y por la potencia y brutalidad de las armas empleadas, la guerra -a pesar de la verborragia pacifista- es una de las presencias -en algunas partes- y amenazas -en otras- más angustiosas que padezca hoy nuestra raza humana.
Uds. dirán: " El padre tiene razón, pero a mí, argentino, ¿qué me va?. Yo, después de Misa, regreso a casa, me reúno con mis amigos y, el lunes, otra vez al trabajo, al estudio ."
De acuerdo. Nadie quiere asustarlos con prédica apocalípticas, ni predecir que estamos al borde de la ruina o de que nos pulvericen con una bomba atómica. No, al menos, en la Argentina. Tampoco me interesa concientizarlos, como dicen hoy, acerca del problema de la paz ni instarlos a salir a la calle con pancartas que digan "Paz en Vietnam", o "fuera las garras imperialistas de Medio Oriente", ni a que vayan a tirar piedras contra la embajada yanqui o la rusa.
Todo eso no sirve de nada y es escaparse a los compromisos reales de la vida. A nadie le cuesta nada "comprometerse" -entre comillas- con Vietnam desde el barrio de Flores: basta con cuatro o cinco frases vehementemente dichas, o una firma, o una rápida inscripción en una pared.
Y, sin embargo, me interesa hablarles de la paz, de la paz con mayúsculas, esa de la cual nos habla Cristo en el Evangelio de hoy. Porque, en realidad, todos estamos envueltos en una guerra. No un conflicto armado, con heridos y muertos, sino un sordo y callado enfrentamiento que se libra en nuestros corazones, y del cual depende -en última instancia- la única Paz que vale la pena poseer, porque nadie nos la puede quitar: la paz de nuestros espíritus, la paz que nos da Cristo.
Paz que conseguiremos en la medida en que venzamos a nuestros apetitos desordenadas, nuestros anhelos de grandeza, ambiciones pueriles, deseos de dinero y de comodidades, pretensiones de aparentar, envidias, aspiraciones desmedidas...Pues, como bien dice Santo Tomás, no podemos gozar de verdadera paz, mientras nos asalte el temor de perder lo que tenemos, ni mientras no nos satisfaga aquello que poseemos. Y, ¡ningún bien creado está al abrigo de toda pérdida!. De todo podemos ser despojados. Nada alcanza para saciarnos. Sólo Dios puede colmarnos... Sólo Él puede darnos la paz. De esta paz conseguida en cada uno de nosotros, se derivan todas las demás: la de la familia, la de la sociedad, la de los países, la del mundo, la de la Iglesia...
Es por ello que no han dejado nunca los papas de señalar que paz sin Dios nunca podrán encontrar las naciones la verdadera paz. Y por eso el mismo Pablo VI hace poco ha señalado que no debemos confundir la búsqueda de la paz con el 'pacifismo'. Porque luchar, muchas veces, es la única manera de obtener la paz. Es luchando contra nuestras pasiones y no como dicen los psicólogos freudianos dejándonos llevar por ellas, que trabajamos por la paz. Es luchando contra el error y la mentira, destructores de la vida del espíritu y no sonriéndole comprensiva y bonachonamente que trabajos por la paz. Es luchando, protestando y escandalizándonos contra la inmoralidad y la injusticia, y no haciéndonos los "liberales" y los amplios, transigiendo con todo que trabajamos por la paz. Es también luchando -aún si es necesario con las armas- contra los sin Dios y los sin patria y no cediéndoles el paso con nuestra comodona pusilanimidad que trabajamos por la paz.
Porque la muerte también parece, de alguna manera, paz y no es más que un remedo vacío de ésta. Y la primera señal de que un cuerpo se muere es que no reacciona, que ya comienza a entregarse sin luchar.
Y por eso dijo también Jesús: "no he venido a traer la paz, sino la espada. Porque ninguna paz se puede obtener sin lucha. Y menos que ninguna la Paz con mayúsculas de nuestra interioridad. Pero una vez esta alcanzada nadie podrá quitárnosla y la conservaremos aún en medio de los barullos y peleas de familia; en las dificultades y en los fracasos; en las convulsiones de una sociedad que se desintegra; en los desórdenes de una Iglesia que se desgarra, en los aprestos de las vísperas de las batallas que se avecinaban y para las cuales todos debemos prepararnos.
Porque nuestra paz no es como la que da el mundo: es Su paz. La Paz de Cristo. Por eso, el Señor Jesús nos dice que Él no ha venido a traer la paz, sino la espada. Porque ninguna paz se puede obtener sin lucha. Y aún menos aquella con mayúscula de nuestra interioridad. Sabemos, sin embargo, que una vez alcanzada, ya nadie podrá quitárnosla, y la conservaremos en medio del barullo y las peleas de familia, en las dificultades y fracasos, en los desórdenes de una Iglesia que se desgarra, en los aprestos de las vísperas de las batallas que se avecina, y, para las cuales, todos debemos prepararnos... Porque, nuestra paz no es como aquella que da el mundo. Es Su paz, la Paz de Cristo.