1986 - Ciclo C
3º domingo de pascua
Lectura del santo Evangelio según san Juan 21, 1-19
Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar» Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros» Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tenéis algo para comer?» Ellos respondieron: «No» El les dijo: «Tirad la red a la derecha de la barca y encontrarán» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!» Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traed algunos de los pescados que acabáis de sacar» Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos. Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.» Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero» Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas» Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero» Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras» De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme»
SERMÓN
Esta escena casi feérica y, al mismo tiempo, conmovedora que acabamos de escuchar pertenece al Capitulo 21 del evangelio de Juan. Capítulo al cual nos referimos el domingo pasado cuando dijimos que era una especie de apéndice añadido posteriormente al primitivo final de este evangelio que era el del Capítulo 20, con la confesión de Tomás.
Por particularidades que estudian sobre el texto griego los exégetas, aparece evidente que nuestro pasaje de hoy no está escrito por la misma mano que redactó el resto del evangelio. El evangelio de Juan -como Vds. han de saber- fue escrito, en base a escritos y relatos anteriores, por alguien muy allegado al así llamado "discípulo que Jesús amaba", identificado por muchos escrituristas con Juan el hijo de Zebedeo. Este 'discípulo que Jesús amaba' nunca es designado por su nombre por el evangelista. Se ha tratado de asimilarlo a Juan o a Lázaro o al Juan Marcos de los Hechos de los Apóstoles, pero lo cierto es que estas diversas identificaciones son solamente hipótesis.
Lo único que puede colegirse con seguridad es que este 'discípulo al que Jesús amaba', sea o no Juan el Zebedeo, era uno de los discípulos de Cristo, había estado muy cerca de Él -al menos en la ultima etapa de su predicación en Jerusalén- y, siendo testigo de la Resurrección y, luego. custodio de la Santísima Virgen , había fundado importantes comunidades cristianas en Asia Menor. Allí gozó de altísimo prestigio durante mucho tiempo, puesto que alcanzó edad muy avanzada .Tanto es así que se corría el rumor de que no moriría hasta que el Señor no volviera.
El evangelio de Juan nace, precisamente, en el seno de estas comunidades de Asia Menor lideradas por el 'discípulo amado'. Y es probable que, en esta época de formación de la primitiva iglesia, a fines del siglo I, las iglesias fundadas por distintos apóstoles en diferentes lugares tuvieran como una especie de competencia entre ellas y tendieran, quizá, a una excesiva independencia que, exacerbada, podía correr el riesgo de disolver la unidad de la Iglesia.
Es el mismo fenómeno que denuncia Pablo cuando dice, en una de sus cartas, que " unos gritan que son de Pablo, otros que son de Apolo -un apóstol de esta primera generación- otros ... "¡ Nó !" -dice Saulo- " todos somos uno, todos somos de Cristo ". Esa misma tentación parece ser el trasfondo de nuestro Capítulo 21 escrito poco después de la muerte de 'discípulo amado'. Y hasta habría como una pica con las comunidades petrinas.
Las comunidades 'juaninas' o 'joánicas' que, por otra parte, habían sufrido el duro golpe de la muerte natural de viejo de su líder tendían a aislarse y no entrar en comunión con el resto de la Iglesia que, en los evangelios sinópticos, refleja claramente el lugar primacial de Pedro.
El evangelio de Juan (si cerrado en el Capítulo 20) dejaba de Pedro -aún nombrándole siempre en primer lugar- una mala imagen. Es el evangelio de Juan dónde se narra más detalladamente la vergonzosa triple negación de Pedro frente a una portera, un sirviente y guardias y servidores del Sumo Sacerdote la noche del jueves santo. Pero no se habla de arrepentimiento y llanto, como por ejemplo en Lucas. Es decir que, si el evangelio hubiera terminado como primitivamente, Pedro hubiera quedado bastante mal, dando pábulo a las consideraciones de las comunidades joánicas sobre la superioridad de 'discípulo amado' sobre Simón.
Es para responder a estas inquietudes y tentaciones de la comunidad que un redactor anónimo -del mismo círculo de ideas e intereses del 'discípulo amado'- pone las cosas en su lugar añadiendo, a lo ya escrito, este episodio que -como muchos otros que tal cual dice el mismo autor nunca se escribieron- estaba en la tradición oral o escrita de la comunidad, muy probablemente a partir de los mismos labios del 'discípulo amado'.
Y con este episodio sí que se termina definitivamente la redacción del evangelio de Juan y así lo recibe la Iglesia como canónico e inspirado.
Estas consideraciones eran necesarias para entender la intención de conjunto y los detalles del relato que el redactor nos transmite respecto a este episodio histórico a orillas del lago de Tiberíades.
La iniciativa de Pedro en la pesca. Esa pesca que, a los oídos de los cristianos, ya es mucho más que una mera recolección de pescados. No por nada Cristo había transformado a sus discípulos en 'pescadores de hombres'. Para nada sirven cuando proceden según sus iniciativas humanas pero, cuando pescan en nombre y con el poder de Cristo Crucificado, su éxito es seguro. Tanto es así que el número de los convertidos supera los más optimistas pronósticos. A pesar de eso, la Iglesia debe seguir siendo una. Siendo tantos los peces -153, un número probablemente simbólico, cuyo significado se ha perdido- a pesar de eso, la red no se rompe, no se divide.
El 'discípulo amado' -paradigma, ejemplo para todos del verdadero discípulo- es el primero en reconocer a Jesús en la eficacia de su palabra, pero (como en la carrera al sepulcro, cuando Juan llega antes pero es Pedro quien entra) aquí es también Pedro quien primero se tira al agua.
Nuestro texto dice más. A Cristo se lo encuentra privilegiadamente en la vida en común, en solidaridad, en el amor del cual Él mismo es origen con su misma vida. Vida representada en la comida que prepara con sus propias manos y que, en la comunidad, se expresa de manera privilegiada en la mesa Eucarística , donde se vive misteriosamente la presencia de Jesús.
El mismo 'discípulo amado', a pesar de su llorada muerte, quedará presente en la vida de la Iglesia hasta que Jesús vuelva en la garantía de su testimonio respecto a la veracidad del evangelio y en la imitación que, de su fe, hagan todos los verdaderos discípulos de Jesús.
Estas y muchas cosas más quiere decirnos este denso pasaje, que el redactor termina algo ampulosamente con su frase final. Pero, quizá, lo más conmovedor de todo sea la rememoración que el redactor -venciendo sus sectarismos joánicos y con una gran generosidad, fruto de su fe en la unidad de la Iglesia- hace de la rehabilitación o reivindicación de Pedro que, como hemos dicho, probablemente ha recogido de la predicación misma del discípulo al que Jesús amaba.
"Señores", les dice a los juaninos, "nuestras comunidades serán todo lo antiguas que quieran, nuestro fundador, amadísimo por Jesús como ninguno, nuestra fe, ortodoxa y fiel a la doctrina de Cristo, mucho mayor que la de otras comunidades o grupos, pero ¡dejarse de jorobar! ¡La Iglesia es una! Y Pedro, a pesar de sus defecciones y macanas - y cuando habla de Pedro el redactor ya se está refiriendo a sus sucesores, porque Simón ya ha muerto - es el jefe, el pastor supremo. Y separarnos de él, por más ortodoxos que nos digamos, por más que, a veces, sustentemos verdades que él parece no sustentar y defendamos posiciones que él ya no defiende, separarnos de él es romper la red, desgarrar la unidad de la Iglesia, dispersar el rebaño y separarnos de la verdadera comunión con el Señor alrededor de la fogata de la Eucaristía".
Pero, para terminar con una consideración más personal:¡qué emocionante esta triple pregunta y respuesta del Señor Jesús y del pobre Simón! Recordando su triple negación antes de que cantara el gallo.
¡Qué distinto habrá resonado en los oídos de Pedro el " sígueme " que le dice ahora Jesucristo dos veces, con el " sígueme " que, por primera vez, había escuchado al comienzo de la predicación de Jesús. Ese ' sígueme ' al cual él había respondido lleno de entusiasmo y hasta orgulloso del privilegio de su elección y que, antes de la triple negación, le había llevado a exclamar " Te seguiré a dónde quiera que vayas. Daré mi vida por ti ". Exclamación frente a la cual Cristo había movido la cabeza tristemente escéptico.
No. Ya Pedro ha experimentado la flaqueza de su ánimo, la realidad brutal y sórdida que reemplaza, tantas veces, a los sueños heroicos, el extintor de ardores que es la espuma de los hechos cotidianos. Todavía es capaz de tirarse al agua al modo del viejo coronel que, alguna vez, trota con sus jóvenes soldados, pero ya se da cuenta muy bien qué puede esperar en ese plano de si mismo. Ya sabe que el amor no es la luna de miel del primer encuentro. Ya sabe que, si quiere pescar, tendrá que arrojar las redes donde diga Cristo, no dónde él quiera. Ya sabe que seguir a su Señor, tarde o temprano, pasa por el fango y el cañoneo del calvario.
Así pues, hoy, no te hablo a vos, muchacho joven, novicia entusiasmada o recién converso, hoy no me toca dirigirte la palabra...
Hoy te quiero hablar a vos cristiano viejo, monja madura, ama de casa instalada, me hablo a mí, discípulo mañoso, quizá rendido, porque lo has negado tres veces, o resignado ya, porque siempre que lo intentaste lleno de ímpetu volviste a ceder, o vos, ya conforme con tu mediocridad o, peor, instalado en tu pecado.
Hoy Cristo vuelve a llamarte. Y ya sabes quien sos. Ya sabés a qué duras empresas te puede llevar. Ya sabés, también, que lo hace en el mismo medio y circunstancias en que estás. No quiere arrastrarte a sueños imposibles, ni a cambios irrealizables, a acciones impracticables. Allí dónde estás ahora: en esa familia, en este trabajo, con esos camaradas, en este año, en esta Patria nuestra ¡aquí y ahora! Y ya no confiando en tus ardores y en tus fuerzas, sino exclusivamente en Él. Y te lo dice claro y te conoce bien y vos te conocés y sabés también que las cosas no van como uno quiere sino que, finalmente, hay que extender los brazos y ser llevado a donde no se quiere.
Aquí y ahora, Él vuelve a decirte, así como estás cansado, sucio, viejo, desilusionado, desalentado: "¡Sígueme!"
Y yo te digo: "¡Síguelo!" Tírate otra vez al agua. Aun puedes; ¡recién ahora puedes!
Recién ahora puedes ser cristiano.