Sermones de NAVIDAD

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

Nochebuena (noche)
Navidad (aurora)
Navidad (día)
2º Domingo después de Navidad
Sermones del Prólogo al Evangelio de San Juan

1993. Ciclo a

NAVIDAD
(GEP, 25-12-93)

Principio del santo Evangelio según san Juan 1, 1-18
Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan.
Vino como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz,
sino el testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo» De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre. Os anuncio una gran alegría, que es para todo el mundo: ¡Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, Cristo el Señor!

SERMÓN

El antiguo hebreo no tiene los recursos de nuestra actual cultura, derivada de griegos y latinos, capaz de expresar la realidad de las cosas con términos más o menos científicos. Por ejemplo, para hablar de lo más importante, de lo que constituye la intimidad fundante de las cosas, aquello que las define y da el sentido y significado, nosotros recurrimos al término 'esencia' o 'esencial'. ¿Cuál es la esencia o qué es lo esencial del universo?, preguntamos cuando queremos interrogarnos sobre su última constitución y significado. O, cuando deseamos inquirir sobre lo que es el ser humano en su aspecto más definitorio, decimos que estamos buscando cuál es la esencia o lo esencial de lo humano. Bien, estos términos 'esencia' o 'esencial' en hebreo no existen; no aparecen jamás, pues, en la Biblia.

Pero ciertamente la Biblia nos habla de cosas esenciales; en realidad de las cosas más esenciales de la existencia. y ¿cómo lo hace? Recurre a la idea de principio, de comienzo. Por ejemplo, si nosotros quisiéramos hablar del matrimonio, diríamos: es esencial al matrimonio el que sea indisoluble, e intentaríamos demostrarlo con varias pruebas. Cuando, en cambio, Jesús, que era hebreo, quiso señalar a los judíos que el divorcio iba contra la esencia de la institución matrimonial no dijo " Es contra su esencia ", sino: "En el principio no fue así ".

Lo mismo, cuando la Biblia quiere hablar del hombre en general, de la esencia de la vida humana, de lo que la constituye radicalmente, no lo define abstractamente, como haría un filósofo o antropólogo moderno, hace referencia a un comienzo y habla de un primer hombre "al principio", y, al hablar de este supuesto primer hombre no estaría intentando hacer paleontología o historia, sino una reflexión sobre lo que son esencialmente y hacen o deben hacer todos y cada uno de los hombres.

Lo mismo cuando quiere hablar de toda la realidad, de todo el cosmos, de toda la historia en su sentido final y fundante. Nosotros hablaríamos de la esencia de lo creado, del sentido del mundo, de la finalidad de la existencia. La Biblia, en cambio, intenta contestar a todas esas preguntas refiriéndose a un llamado principio .

Así comienza la Sagrada Escritura: "En el principio Dios creó los cielos y la tierra" y en esos primeros capítulos Vds. van a encontrar entonces no lo que pasó hace mucho tiempo, sino lo que pasa siempre y en todo momento y constituye lo esencial del universo y de lo humano en su relación con Dios, lo profundo y permanente de la realidad y de la vida, el sentido del cosmos y de la existencia, la situación dramática y frágil del hombre de hoy, de ayer y de mañana en su relación con Dios. Allí está todo dicho, en el principio .

Por eso, cada vez que Vds. en la Biblia encuentren una referencia al principio, al comienzo, presten atención, porque el autor va a hablar, no de algo que sucedió en el pasado, sino de algo que determina profundamente la realidad y nuestro presente, algo que sucede constantemente en la interioridad más nuclear de lo real y que toca íntimamente la vida de cada uno de nosotros.

La Iglesia quiere que, pasados los festejos legítimos de la Nochebuena y el recuerdo tierno de la madre y el niño en el pesebre, detengamos un momento, en esta tarde, la atención en la esencia trascendente y revolucionaria de esta celebración. Para ello nos ha hecho leer recién uno de los textos más sublimes e importantes de toda la Escritura, que es el del prólogo del evangelio de San Juan.

Y por supuesto, una seña inmediata de la importancia de este pasaje nos lo da el que comience con la expresión a la cual acabo de hacer referencia "Al principio". La misma expresión con la cual comienza toda la Biblia al intentar hablar del sentido último de la existencia del universo y del hombre.

Pero lo que en el antiguo testamento permanecía como una especie de promesa nebulosa de Dios: el que todas las cosas fueran para el hombre y que éste podía, si se sujetaba a la Ley divina, alcanzar la felicidad, ahora se hace pleno cumplimiento en Jesucristo.

"Toda la realidad" dice nuestro prólogo "está fundada en el Verbo", es decir "en la palabra". La realidad pues no es simplemente algo que existe, cosa, materia: es un decir de alguien, Dios, a otro alguien, a otro tu, al hombre; es un intento de comunicación divina, precisamente porque esa palabra existe desde siempre en Dios.

El que en Dios exista desde siempre el Verbo, la palabra, quiere decir que Dios en su mismo ser es todo lo contrario de la soledad, de la individualidad, del egoísmo; porque la palabra, el Verbo, el lenguaje, hablan de diálogo, de luz, de compartir, de vivir juntos. En su mismo ser Dios no es pura vivencia, es con vivencia. Y es ese querer convivir que engendra al Verbo, el que sostiene la realidad, que se transforma así, no en pura química o física o biología, sino en un intento de comunicación de Dios al que pueda y quiera escucharlo. Dios, en la creación mediante el Verbo, en la realidad sostenida constantemente por su palabra, quiere también decirse al hombre, quiere entablar diálogo con él, quiere establecer relaciones de convivencia y de amor con su creatura.

Eso impregna toda la estructura del mundo, del acontecer y de la existencia en todos sus tiempos y sus partes, en cada momento de nuestra vida, por eso se usa la expresión: "Al principio". El fondo mismo del existir de cada cual es un decir, un susurro, divino. Dios pronuncia mi nombre, por eso existo.

Pero, afirma también nuestro prólogo, ese decir de Dios al hombre, decir que es luz y que es vida, puede ser insidiado por las tinieblas, por lo que no es Dios, por lo que no es vida. Como el hombre necesariamente está sacado de la nada, de lo que no es Dios, del no ser, de las tinieblas, siempre tendrá la tentación retrógrada de preferir esa oscuridad, que es lo único que le es propio, y rechazar el ser y la luz que no son suyos, porque vienen de Dios. Preferir las tinieblas, porque son suyas, a la luz, porque es regalada. Ese será el constante drama de toda vida humana.

Pero la plenitud de la historia, y del universo y del don divino es cuando Dios no solo crea por medio de su Palabra, sino cuando esa palabra que constituye su ser divino, su dialogicidad, su vitalidad extravertida de amor, ella misma se hace hombre, se expresa, en Jesús, tomando lo humano en el seno de una mujer y transformándolo, culminando así su creación.

Desde Jesús Dios se hace supremamente elocuente para el hombre; allí nos habla en plenitud de revelación, allí nos requiebra, nos ilumina, nos solicita, nos llama. Allí podemos nosotros acceder, no a los diversos dones y decires de Dios en la realidad creada, en las palabras sueltas de las cosas, sino al pleno decirse de Dios a si mismo. Por medio del Verbo hecho carne el hombre es capaz de escapar a su mortalidad y a su tiniebla y acceder al resplandor pleno de la gloria divina.

De esa plenitud participamos por la gracia. Esa gracia que nos hace verdaderos hijos de Dios y a la cual de ninguna manera puede acceder el hombre por sus solas fuerzas, " de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre ".

La Navidad nos revela pues el sentido último de la creación, de nuestra existencia, fundada en el acto de amor de Dios que es el sostenernos sobre la nada y las tinieblas con el si de su palabra creadora, y llamada a participar, en diálogo de amor con su Palabra hecha carne, de la vida de los hijos de Dios que se manifestará plenamente en la gloria del cielo.

Que así sea.

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