1982. Ciclo b
NAVIDAD
(GEP, 25-XII-82)
Principio del santo Evangelio según san Juan 1, 1-18
Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan.
Vino como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz,
sino el testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo» De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre. Os anuncio una gran alegría, que es para todo el mundo: ¡Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, Cristo el Señor!
SERMÓN
Que la Navidad sea una de las fiesta cristianas más excelentes ¿quién lo va a dudar? No seré yo quien diga lo contrario. Pero es indudable que, en estas épocas descristianizadas, cae un manto de sospecha, al menos, sobre la interpretación cristiana de la fiesta. El que todo el mundo festeje Nochebuena no parece querer decir que todo el mundo venga a Misa o rece especialmente, aunque muchísimos, por cierto, así lo hagan. Otra circunstancia que acrece las dudas es, por ejemplo, que, en lugar de “ ¡Feliz Navidad! ”, cada vez más impere la costumbre de desear para estas fechas “ ¡Felices fastas! ”, abarcando, en este plural indiscriminado, el fin de año. Y, a decir verdad, si no fuera por los regalos, no se ve muy bien, en la mayoría de los casos, qué es lo que distingue, propiamente en el festejo, Navidad del Año nuevo.
Por otra parte, la explosión aparentemente general de alegría de la Navidad, no puede ocultar el hecho de que, para muchos –sobre todo la gente más grande- sea una fiesta algo nostálgica, en la cual se mezcla el recuerdo de alegrías infantiles y lejanas, la tristeza de los ausentes, la añoranza de Nochebuenas más felices.
Pero no quiero ser aguafiestas. Aún despojada de su significado más estrictamente religioso, Navidad continúa siendo una hermosa fiesta de familia, ocasión de encuentros y reencuentros, de valoración de las auténticas alegrías del hogar y el matrimonio. Y, a pesar de las figuras distractoras y superfluas del árbol y de papá Noel, sin poder evitar mostrar la escena central y únicamente importante de Belén.
Por otro lado la Iglesia nunca pretendió que Navidad fuera su fiesta o conmemoración principal. La fiesta por excelencia de la fe cristiana no es Navidad, sino la Pascua.
Navidad no es ni siquiera el momento de la Encarnación que conmemora tan solemnemente el evangelio que hemos escuchado. La Encarnación se inicia en el silencio virginal y privado de María, nueve meses antes, en la Anunciación.
Y que la Navidad pueda estar mezclada de una cierta tristeza, no es solamente circunstancial, sino de la propia esencia de la fiesta. Pascua, en cambio, no tiene ni el menor atisbo de pena. Es el triunfo pleno, definitivo, victorioso, en el cual ya no queda más por sufrir; solo gozar y reinar. Es allí donde la humanidad es plena y definitivamente asumida, en el cuerpo de Cristo, a lo divino.
Pascua es la fiesta de la elevación, del ascenso supremo. Navidad es, en cambio, el descenso, el abajamiento, el comienzo de la humillación que se consumará en la Cruz, el inicio del camino al Calvario.
El horizonte de la Pascua es la eternidad gaudiosa y sin límites del cielo. El horizonte de Navidad es el Gólgota.
Porque el único motivo que tiene Dios para asumir, no la humanidad gloriosa que le correspondía –como dice San Pablo-, sino la debilidad del bebe de Belén, es posibilitarle el sufrir en la Cruz.
En su cuerpo glorioso no puede sufrir. Sí en el mortal y sensible que empieza hoy a crecer a la luz desde el pesebre.
Pero es aquí justamente donde nos encontramos con la auténtica cristiana alegría de la Navidad. Es el mismo Dios quien hoy elige para sí el camino de la vida humana para llegar a la glorificación.
Dios no nos exhorta, como podían pensar los judíos o los paganos, desde su trono impasible, a luchar en esta existencia tan cribada de miserias y de penas para llegar a la meta. No es el director técnico que dirige desde el banco; ni el manager que apunta afuera de las cuerdas; ni el cura que aconseja sentado, gordo y reluciente, en su confesionario. Dios baja a nosotros –y como no puede sufrir como Dios-, asume un cuerpo sufriente de hombre, para recorrer nuestro mismo camino, jugar nuestro propio partido, pelear dentro del ring, acompañarnos en todo lo que es humano –lo bueno y lo malo, excepto el pecado- y, especialmente, en lo que es más propiamente humano: el dolor y la muerte.
Y, desde adentro de nuestra mismísima carne, de nuestra mismísimas debilidades, entreverado en el tejido de colores contrastantes del existir humano, conllevando todo lo que es la vida del hombre, en sus ansias y fracasos, alegrías y penas, con mano maestra, pero tibia y de hermano, Dios nos conduce hacia Él
Por caminos a veces difíciles, es verdad, pero que Él, antes que nosotros, en la debilidad de la carne, no vaciló, antes y primero, en recorrer.
Esa es la alegría de la Navidad.
Desde hoy no estamos solos en nuestros trabajos, en nuestras soledades, en nuestras pobrezas, en nuestras alegrías, en nuestras pesadumbres, en nuestras enfermedades, en nuestra muerte.
Por el mismo camino anfractuoso y arduo de la historia de los hombres, caminó Dios. Todo lo humano puede hacerse divino. Todo lo nuestro puede ser de un Dios.
Desde este comienzo de gozo de la Navidad, Él nos lleve, con María, a la alegría definitiva y sin sombra de la Pascua.