Sermones de la santísima virgen maría

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ



Adviento

MADRE ADMIRABLE 
(GEP, 15-10-00)

Sermón

El pasado 7 de Octubre el pontificado de Juan Pablo II , con 22 años de ejercicio, se convirtió en el séptimo más largo de la historia, igualando al de Alejandro III , el Papa que enfrentó a Federico Barbarroja. Por supuesto que le falta mucho para alcanzar el récord de San Pedro que dirigió a la Iglesia 37 años, o el de Pío IX , 31.

Pío IX, recientemente beatificado junto a Juan XXIIII en medio de ruidosas protestas, fue un Papa sumamente importante para los argentinos, ya que, entre otras cosas, fue el primero en haber visitado nuestro territorio. A decir verdad no como Papa, pero si como integrante de la famosa misión de Mons. Juan Muzi enviado a Chile por el entonces Papa Pío VII a pedido de Bernardo O'Higgins . Era el primer intento que se hacía en nuestros países recientemente independientes para restablecer las relaciones con la Santa Sede, interrumpidas por la revolución. Canónigo Juan María Mastai Ferretti , hijo del Conde Jerónimo -un capitán del ejército de los Estados Pontificios-, era entonces el nombre y el cargo de quien habría de ser Pío IX. Y se conservan informes de ese viaje, en el cual viajó como secretario de Mons. Muzi, escritos por su pluma. Allí describe su desembarco en Buenos Aires el 4 de Enero de 1824, aclamado por el pueblo pero sin recepción oficial, ya que el gobierno era hostil al catolicismo. Relata la visita respetuosa de San Martín a los emisarios del Papa, en la posada "los Tres Reyes" donde se habían alojado a falta de hospedaje mejor. ( El Libertador, en esos días, estaba de paso por el puerto de Buenos Aires, de civil y sin cargos, abandonando definitivamente América hacia Francia, hastiado de la política de los revolucionarios y sus luchas civiles.) También refiere, jocosamente, nuestro futuro Papa la final recepción que, a duras penas, les hace, en el fuerte -residencia en aquellos tiempos del gobierno-,  Rivadavia , ridícula y prosopopéyicamente disfrazado de Virrey, y la prohibición que les hizo de realizar ningún acto religioso. Finalmente, cuenta el viaje triunfal de la misión Muzi por el interior del país hacia Chile donde, en todas partes, Luján, Córdoba, San Luis, fueron recibidos por el pueblo entre vivas al Papa y a su representante.

Mastai Ferretti se acordará siempre de la Argentina y, sobre todo, de las chinches, piojos y mosquitos de sus posadas, que hacen que Muzi y él deban frecuentemente salir a dormir con sus mantas al descampado. Eso no quita que, más tarde, como Papa, intentará restablecer relaciones, primero con Juan Manuel de Rosas y, más tarde, después de Caseros, fructuosamente, con Urquiza .

Pero Pío IX es, antes que nada, importante para la historia de la Iglesia universal. Coronado en 1846, a la vez que Papa, soberano de los Estados Pontificios, es despojado de éstos con la toma final de Roma por las tropas piamontesas. Cincuenta mil hombres, lideradas por el general Cadorna , ocupan la ciudad eterna el 20 de Septiembre de 1870, a través de la brecha de porta Pia, donde caen muertos 19 guardias suizos en medio de una resistencia simbólica que el Papa manda cesar de inmediato, para abandonar sus residencia en el Quirinal -que será transformado en Palacio del Rey y es actualmente la sede del presidente de los italianos-, y encerrarse durante toda su vida, en protesta por el despojo, en el Vaticano.

A Pío IX le toca manejar la Iglesia en épocas dificilísimas, cuando masonería y liberalismo trataban de independizar lo político de lo divino y de la dirección de la Iglesia de Cristo, volviendo a antiguos paganismos divinizadores del hombre y de la autoridad humana.

Dos grandes acontecimientos religiosos son los que hacen de su pontificado un hito fundamental en la vida de la Iglesia. El primero es la convocatoria y realización del concilio Vaticano I , vigésimo concilio ecuménico, interrumpido por la ocupación de Roma, pero que tiene tiempo para definir dos grupos de grandes verdades. Uno, referente al concepto de Dios: su trascendencia absoluta respecto a la naturaleza, al hombre y a sus cortas maneras de pensar; con lo cual se condenaban de un plumazo los fundamentos mismos de las doctrinas liberales respecto de la humanidad y la mente humana como fuentes últimas de la verdad y de la ley. Y, otro, referente a la autoridad papal, a la cual se reconocía explícitamente lo que hasta entonces vivía sin decirlo la Iglesia, a saber, que el Papa era infalible cuando se pronunciaba solemnemente sobre asuntos de doctrina de fe y de moral, gozando personalmente de la misma infalibilidad que tiene la Iglesia como un todo. También se definió en el Vaticano I que el Obispo de Roma detentaba, a la vez que  la suprema autoridad sobre toda la Iglesia incluidos los obispos, jurisdicción sobre todos y cada uno de los católicos, que siempre podrán apelar directamente a él más allá de sus autoridades eclesiásticas locales.

Es curioso que fuera ese mismo año 1870, cuando, al mismo tiempo que el Papa perdía todo el poder temporal que durante siglos había mantenido sobre extensos territorios hoy italianos, adquiere definitivamente la plenitud del poder espiritual que le confería el dogma de la infalibilidad y de su suprema autoridad sobre todos los católicos.

Pero el segundo gran acontecimiento religioso de su pontificado es la solemne proclamación, el año 1854, del dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, es decir el hecho de que, desde el mismo instante de su concepción en el vientre de su madre Ana , María jamás careció del estado de gracia. Verdad sostenida en la Iglesia desde siempre, pero que no había alcanzado aún estado dogmático.

Desde su más tierna edad el niño Mastai Ferretti había sido educado por sus padres en la tierna devoción a la Madre de Dios. Comenzando por el rosario cotidianamente rezado en familia, hasta la atribución a María de su haber podido ser ordenado sacerdote a pesar de la leve epilepsia que hacía peligrar su aceptación, la presencia de la Madre de Dios acompaña toda su vida cristiana y su santo pontificado. María es un presencia permanente en su pensar y proceder, y no había conversación ni prédica en donde no la mencionara. Es desde María, también, que, en su docencia, exalta el papel de la familia en la vida cristiana y especialmente de las madres, tan insidiado por las ideologías liberales que se iban infiltrando en Occidente. Esa maternidad que él veía, del mismo modo, respaldada y presente en la vida religiosa, en las monjas y hermanas, que fueron siempre objeto de su especial cuidado como fruto de esa su devoción a María.

Precisamente uno de sus primeros desvelos cuando subió al solio de San Pedro en 1846 y todavía podía desplazarse libremente por su ciudad, fue ir visitando uno por uno todos los conventos de Roma, interesándose por la vida de sus miembros.

En una de esas sus primeras visitas, un veinte de Octubre -quizá atraído por su proximidad con el hermoso parque del monte Pincio donde le gustaba pasear de vez en cuando en su carruaje tirado por cuatro caballos, lo que hoy es Villa Médici , flanqueada por los extensos jardines de Villa Borghese -, Pío IX se detiene a visitar el convento francés del Sagrado Corazón, que hoy se atisba, mirando hacia arriba, desde Piazza Spagna , coronando su gran escalinata de travertino, al lado de la Iglesia de Trinidad dei Monti , costeada por el rey de Francia. Allí vivían las religiosas del 'Sacre Coeur', dedicadas a la enseñanza.

Entre el revuelo de las monjas ante semejante visita no anunciada, luego de hacer una larga pausa delante del Santísimo, Pío IX se pone a departir con la superiora paseándose lentamente por los claustros del convento, seguido por toda la comunidad.

De pronto, una imagen -afrescada sobre el muro del primer piso en la larga logia que asoma al jardín del claustro principal-, llama su atención. Es un candoroso retrato de la Virgen niña, pintado hacía dos años por una novicia francesa recientemente ingresada al convento, Pauline Perdreau , para que presidiera las reuniones de la monjas en verano. Que allí se reunían en sus recreos para coser y conversar de píos temas a la frescura de la brisa.

Rostro de adolescente, mirada baja, meditativa, dulce; costurero y libros de oraciones a sus pies; vestida con la ropa del pueblo natal de la novicia que la había pintado -paisana de la Vandée-, el huso de la laboriosidad en la mano, el lirio de sus virtudes a su derecha, coronada de estrellas, la imagen -que todos nosotros amamos y conocemos-, candorosa, de amable simplicidad, sentada en una alta silla y recortada sobre un fondo de cielo amaneciendo, despertó en el Papa nostálgicos recuerdos de infancia, de serena devoción a María, de evocaciones maternas... El Santo Padre, sin pensarlo, Pío IX, interrumpe su conversación con la superiora, se arrodilla, y reza frente a la imagen largamente... y le encomienda, seguramente, ese pontificado largo y difícil que recién comienza... Cuando se levanta hay lágrimas en sus ojos y exclama casi susurrando: "¡ella sí que es nuestra madre admirable!".

Claro que no era una definición papal, pero, lo mismo, las monjas, que hasta entonces la habían llamado 'Nuestra Señora del Lirio', ahora comienzan a apodarla 'Mater Admirabilis', 'Madre Admirable', y de allí el nombre que lleva hasta nuestros días y preside nuestra querida y mariana parroquia.

Así, pues, la devoción a Madre Admirable está indisolublemente unida a nuestro amor al Papa. Surge no de ninguna discutible aparición, ni revelación privada, ni ruidoso milagro, sino de uno de los títulos tradicionales con los cuales la Iglesia ensalza a María en las letanías lauretanas, de la vida de oración de una comunidad de mujeres consagradas, y de la fe sólida y sin artificios de una paisana francesa, católica de ley... Devoción finalmente bendecida y apoyada por el Papa.

Que así sea siempre nuestra devoción a María: filial, derecha, sin vueltas, sin deseos de apariciones, ni milagros, siempre en busca de santidad, de crecimiento, de ser mejores, en adhesión al vicario de Cristo como maestro de la fe, en vida interior, en cumplimiento de nuestras responsabilidades, en obras de amor.

¡Ella sí que es nuestra madre admirable!.

¡Madre Admirable! Tal, pues, el título que brota jubiloso de nuestros labios cuando nos dirigimos a María Santísima en esta nuestra casa -y en la proximidad de nuestra fiesta patronal, el 20 de Octubre, precisamente en conmemoración de aquella memorable visita del Papa a Trinitá dei Monti-.

¡Madre Admirable!, hemos de decir frente a ella, en súplica sencilla, entendiendo que no es preciso agregar más palabras para que Ella sepa y comprenda nuestras penas, nuestras necesidades, nuestras angustias y temores... y también nuestras alegrías y gozos más profundos.

¡Madre Admirable! Y, nombrando a la Madre, adoramos al Hijo de sus entrañas vírgenes; y por Él, con Él y en Él, al Dios Uno y Trino que la eligió, la predestinó y la hizo toda santa.

Quiera Dios que, en estos tiempos particularmente difíciles para nuestra patria, de angustia e incertidumbre para muchos que, a lo mejor, sienten que Dios ha cerrado los oídos a sus plegarias, descubramos en María los signos de la misericordia del Padre Fiel, que se renueva cada mañana.

Que, en el rostro transfigurado de la Admirable Madre de Jesús conozcamos las entrañas compasivas y volvamos a oír las palabras de infinita ternura que el Buen Dios quiere hacer resonar en nuestro corazón: ¿ Puede acaso una madre olvidarse de su cachorro, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré." (Is 49, 14b- 16)

Que María Santísima interceda hoy por todas las madres para que, según su ejemplo, también ellas ayuden a sus hijos a crecer en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.

Interceda María por todas las mujeres, a fin de que, cada una según su estado y condición, sean un reflejo del amor maternal divino.

Interceda, en fin, por todos nosotros para que, en la única santa Iglesia católica, presidida por el Papa, permanezcamos unidos a Dios y adoremos a su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, quien con el Padre y el Espíritu vive y reina por eternidad de eternidades. Amén.

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