Sermones de la santísima virgen maría

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ



Adviento

LA ASUNCIÓN DE SANTA MARÍA VIRGEN  
(GEP 15/08/72)

 

Desde que Lutero, allá por el siglo XVI, decidió que no era necesaria la tutela de la Iglesia para leer e interpretar la Sagrada Escritura y que bastaba, para entenderla, el ‘libre examen' que cada uno por si mismo, con su propio cacumen, hiciera del texto de ésta, se ha ido extendiendo cada vez más por el mundo la convicción de que el parecer de cada uno, la opinión, la creencia, la conjetura, el sentir, el plácito, vale por si mismo, sin tener en cuenta si es verdadero o no, si corresponde a la realidad de las cosas que se afirman o no.

Más aún. Se dice: “no hay verdad; lo único que hay son opiniones sobre ella. No hay verdad regulada por la realidad; solo hay opiniones normadas por las capacidades subjetivas de fabulación individual"

Así, todas las opiniones valen lo mismo. Y uno será más o menos feliz o desgraciado según logre que sus opiniones coincidan o no con las de la mayoría, sean estas falsas, exactas o estúpidas, a riesgo de ser un inadaptado.

‘Mí' opinión, pues, es lo que vale. Debo siempre opinar sobre todo y cualquier cosa. ‘Yo' determino la verdad o falsedad de las ideas según mi gana. No interesa haya estudiado el problema o no.

Sabios y zonzos, grandes y chicos, buenos y perversos, todos pueden opinar.

Pero, señores, es curiosos: cuánto más se recaba la opinión de todos y cada uno; cuánto más –con prurito digno de mejores causas- todos pugnan por defender su parecer infalible e, incluso, en las escuelas se tiene –según las últimas normas pedagógicas- que respetar la espontaneidad de los educandos teniendo sumo cuidado de no imponerles ‘dogmáticamente' –según dicen- ninguna ‘verdad'; cuanto más se perora sobre que el hombre ha llegado a su mayoría de edad y debe pensar por si mismo: sin dogmas, sin imposiciones, sin autoridad, sin maestros, sin nadie que le imponga de una manera u otra las cosas desde afuera; más aborregada y gregaria parece nuestra masificada humanidad contemporánea.

Vean, por ejemplo, la juventud –al menos esa a la cual hacen propaganda los diarios- ellos, que aún tienen tanto que aprender, de la vida, de los libros, tanto que pensar y reflexionar, tanto aún que trabajar y disciplinarse, movilizados por los artífices de la subversión para qué también den su opinión, que piensen por si mismos.

Pero, me pregunto ¿dónde están los chicos que piensan por si mismos? ¿Los que repiten los slogans que respiran en el ambiente, sin pararse a analizarlos, y obedecen a consignas cuyo sentido ignoran? Cuando hoy uno habla con un estudiante secundario o universitario, si toca determinados problemas, le parece que siempre habla con el mismo. Nunca erramos cuando adivinamos la frase que va a venir después.

En fin. Señores, crean que hay muy pocos pensamientos realmente originales en cada época. El noventa y nueve por ciento de los conocimientos y afirmaciones que hacemos –para bien o para mal, ciertos o falsos- provienen no de nuestro caletre sino de los de los demás: de lo que nos llega desde afuera, de lo que aprendimos de nuestros padres y familia, de lo que oímos en la escuela o leímos en los libros o revistas, de lo que absorbimos como vegetales hundiendo las raíces de nuestros ojos y oídos en las aguas contaminadas del cine y la televisión.

Para el mal y para el bien, para el error y la verdad, dependemos –y, con más razón, los que nunca se han puesto a pensar por si mismos, pero pensar en serio, estudiando, investigando, meditando, contemplando: no para tener ‘su', 'mi', opinión sino para conocer la realidad, la verdad- dependemos, digo, de otros: personas, familia, mas media, sociedad.

Así pues ¿quién no se da cuenta de que por si mismo piensa tan poco que, si hubiera nacido en una tribu de aborígenes amazónicos o en medio de un monasterio tibetano o cien años antes de Cristo, sería y pensaría de una manera totalmente diversa?

A otros debemos prácticamente todo, lo bueno y lo malo: a los que nos han precedido en la historia, a los que nos rodean en la sociedad.

Pero no de la misma manera: algunos más a algunos menos. Si hace ciento cincuenta años no hubiera existido el hijo segundo del ayudante del hechicero de la tribu del cacique Mera, de los onas en Tierra del Fuego, las cosas, hoy, no serían probablemente diferentes. Pero sí que lo hubieran sido de no haber existido San Martín o Saavedra. A Pancracio Laguna de la quebrada de Humahuaca quizá nunca le debamos nada. Pero, para mal o para bien ¿quién duda de que Perón o Lanusse no hayan modificado e influido en nuestras vidas?

Lo mismo en las ideas. Tal maestro ha dejado en nosotros huellas indelebles; tal libro; tal artículo; tal amigo no ha llevado a hacernos más bien marxistas o nacionalistas; tal sacerdote me ha reconciliado con la fe; tal otro me la ha hecho perder.

Sí: en nuestra vida, en la historia, dependemos de otros. Y no de todos por igual. De algunos más de otros menos.

Y, a través de estas personalidades de la historia mundial o de mi pequeña historia individual, Dios ha ido guiando nuestros destinos y derramándonos sus gracias. La omnipotencia de Dios suele trabajar sobre nosotros mediante los demás; y hace depender misteriosamente de ellos la distribución de sus gracias.

A todos pues debemos algo. Al que en las usinas hace guardia la noche de Navidad. Al barrendero de la cuadra. Al médico que nos curó y nos vacunó cuando chicos. Al que inventó la vacuna. A nuestros padres. A Belgrano.

A todos, sí, debemos algo.

A María debemos todo.

Porque la Omnipotencia suprema del Creador condicionó a la aceptación de María la entrega deSu don supremo a la humanidad. Don no solo el más importante, sino el único capaz de dar sentido a todo el resto de los menores dones. Porque ¿de qué vale ganar batallas, hacer progresar la economía, tener opiniones, vivir amores, si la muerte marca el punto final de todos estos esfuerzos? ¿De qué vale ganar todo el mundo si se pierde la Vida?

Y es a través del ‘sí' de María como la Vida nos ha sido concedida. Sin su ‘sí' todas las vicisitudes de la historia, todas nuestras angustias y penas personales, terminarían en la más negra frustración del fracaso y de la muerte.

Y del ‘sí' de María, señores, dependen todas -y también cada una- de las gracias de Vida que recibimos en nuestra terrena existencia. Como en un lampo luminoso y pleno, en el ‘sí' de María Nazarena se hicieron presentes todas y cada una de nuestras necesidades.

Por eso, si -lo queramos o no- dependemos de los demás y nos dejamos influir por ellos, tantas veces sin darnos cuenta y para el mal, pongámonos de una vez conscientemente bajo la influencia de María. Ella nos enseñe la verdad en este mundo de opiniones.

Porque no se va a la Vida sin María. No se llega a la Verdad sin Ella. No hay camino seguro sin su mano.

Aquel que es ‘camino, verdad y vida', llegó a nosotros mediante Ella. De su fe y de su amor más a través que de sus seno. Por eso su nacer no dejó ninguna huella en su cuerpo intacto.

Por eso, ya en el cielo, incorrupta en cuerpo y alma, con su Hijo, ambos resucitados y ascendidos, está esperándonos.

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