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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

2002. Ciclo A

33º Domingo durante el año
(GEP 17-11-02)

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 25, 14-30
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos es como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo al tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos ganó otros dos, pero el que recibió uno solo hizo un pozo y enterró el dinero de su señor. Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. "Señor -le dijo-, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado". "Está bien, servidor bueno y fiel -le dijo su señor-; ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor". Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: "Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado". "Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor". Llegó luego el que había recibido un solo talento. "Señor -le dijo-, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!" Pero el señor le respondió: "Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado, y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quitadle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene se le dará y tendrá más, pero al que no tiene se le quitará aún lo que tiene. Echad afuera a las tinieblas, a este servidor inútil: allí habrá llanto y rechinar de dientes"».

Sermón

En la historia del psicoanálisis ocupa un lugar relevante Otto Rank , uno de los primeros y más brillantes discípulos de Freud . En 1924 publicó un libro El trauma del nacimiento en donde desarrollaba la tesis de que el nacimiento representa una experiencia decisiva en la vida del hombre, que queda fijada en el inconsciente y es la raíz de todos los posibles conflictos y neurosis posteriores. Se trata, nada menos, que del tránsito de la existencia intrauterina, identificada con la madre, protegida y segura, a la existencia exterior, individual, amenazada e insegura. Todo ser humano -sostiene Rank-, tiene una inconsciente nostalgia de aquel estado prenatal. De modo que, en él, conviven dos tendencias contrapuestas: por un lado el deseo de nacer, de separarse de la madre, de vivir. Por otro, el deseo de volver a ella, de buscar su seguridad, de volver a la comodidad de la posición fetal. A la vez pues el 'miedo a la vida' y el 'miedo a la muerte', puesto que ese regreso al seno materno Rank lo identificaba con el 'instinto de muerte' freudiano. Freud, que no le gustaba nada que sus discípulos desarrollaran doctrinas personales, recibió esta obra con disgusto. Sin embargo el psicoanálisis en general no tuvo más remedio que asumirla y, de hecho, lo de Rank ha sido aceptado, en sus lineamientos generales, por la escuela.

Quienes han elaborado mejor estos conceptos han sido Karen Horney en La personalidad neurótica de nuestro tiempo , del año 1937 y Erich Fromm con su famoso libro El miedo a la libertad, publicado en 1941.

Horney y Fromm, con algunas diferencias, describen minuciosamente estas dos tendencias que se combaten en el espíritu humano. Lo que sería el 'miedo a la vida', a nacer, lo describe como miedo a la separación de la madre y de allí a toda separación. Nacer, ser individuo, es lo que separa, por eso el miedo a la separación se traduce en el deseo de perder la propia individualidad . Esa individualidad que nos afirma en nuestro propio yo, convicciones y acciones, es la que, de alguna manera, nos separa de los demás. Cuanto más personalidad y por tanto, más vitalidad tiene uno, más difícilmente es aceptado por los otros. De allí el deseo de eludir los sufrimientos que lleva la conciencia de la propia individuación. Y por lo tanto el deseo de sumergirse en la masa, o en el todo, olvidarse de si mismo. Así explica Horney el nacimiento de las religiones orientales desde los vedas: disolverse en el Brahama, en el Atman o el Buda o el Nirvana, a la manera, dice la Upanishad veda, como los ríos, finalmente liberados de si mismos, se disuelven en el mar. Perderse en la indistinción de la nada o del todo. Pero, también, dice Horney, en la histeria religiosa, la macumba, el estadio del pastor carismático. También la disolución del yo en el alcohol, la droga, la sexualidad despersonalizada, la música rock, la hinchada ululante y sin nombre de las canchas, las multitudes anónimas e irresponsables de las manifestaciones partidarias o sindicales, el seguir la moda a toda costa, la búsqueda de la seguridad del grupo, es manifestación de esta tendencia de muerte. Todas, pues, formas de morir a la individualidad, de refugiarse en el vientre de la madre. La tendencia 'dionisíaca' de la cual hablaba Nietzsche , con su correspondiente liberación del 'principio de individuación'.

La tendencia contrapuesta, en cambio, también poderosa, al menos en los mejores, -'apolínea'-, es, al contrario, la de desarrollar cuantas capacidades hay en nosotros mediante la creciente afirmación de la propia personalidad, o como diría Fromm, de la libertad . El 'miedo', pues, 'a la muerte', el temor a disolver la propia individualidad en el sometimiento a los criterios y forma de conducta colectivos, la repugnancia a retornar a lo fetal, a identificarse con el todo, el miedo de perderse en la masa.

A esa avidez de personalidad y libertad, o miedo a la muerte, se la llama también 'ansia de intensidad '. A la del miedo a la vida, nostalgia de la protección del vientre materno o afán de disolverse en la gente, 'ansia de seguridad '. El hombre está siempre tironeado por estos dos instintos entre los cuales ha de optar constantemente, dice el psicoanálisis: perderme como individuo para hallar la protección de la multitud, la seguridad , tendiendo a la desaparición como persona, a la muerte, o buscar la vida, la intensidad , la personalidad, pero granjeándome el rechazo de los demás, creciendo en soledad.

Pero es verdad que, estrictamente, el ansia de intensidad es la que verdaderamente lleva a la vida; la de seguridad, en última instancia, es la plasmación concreta y psicológica del freudiano 'instinto de muerte'.

Y, según primen la una o la otra de las tendencias, así se dividen las sociedades. Por una parte, las que respetan al individuo, la iniciativa privada, la diversidad e independencia de las personas, de las regiones, de los oficios y aún de las clases. Por otra parte, las sociedades masificadas, en las cuales el instinto de seguridad se encarna en el Estado protector, distribucionista, o en el líder o führer poderosos. Instinto, pues, que engendra comunismos y socialismos gregarios, sin lugar para las libertades individuales, la propiedad privada, la competencia... Ese Estado pseudopaternalista, siempre fautor de igualitarismos estáticos, de falta de pulso vital en la sociedad, de carencia de iniciativas, de escasez de progreso, de ausencia de crecimiento, de impulsos de corrupción...

Es verdad que favorecer el instinto de vida en desmedro del de seguridad , puede llevar al enfrentamiento con otros, soledad, dominios, masoquismos -dice Horney-, sadismos, lucha de todos contra todos. Pero eso no se remedia con el rasero del igualitarismo socialista que lleva a la muerte en la asfixia de la sociedad y del hombre, sino con la solidaridad , imposible de hallar en el puro humanismo tal cual la pretende Fromm, de extracción marxista, sino en la caridad , en el amor que viene de Dios y que, sosteniendo fuertemente las individualidades y las personas, al mismo tiempo las une, en el enriquecimiento mutuo del poner todas las legítimas diferencias al servicio de los demás.

El cristianismo es todo lo contrario de las espiritualidades orientales que desconfían del individuo y terminan disolviéndolo en el nirvana o el Todo -tal los ríos que se pierden en el mar, como decían los vedas-. Dios aprecia la diferencia , es el pastor que a cada oveja conoce por su nombre, que a cada cual forja como obra única y que, cuanto más a imagen de Cristo se realiza, más personal y distinta es. No hay personajes más diferentes y desiguales entre si y con los demás que los santos. Ningún santo es igual a otro. Aún en nuestro último destino no nos esfuminaremos en el Uno divino ni en el Todo, sino que nos mantendremos para siempre en nuestro ser personal frente al que, siendo Uno, tampoco es solo sino Trino. Porque no es la igualdad mortífera la que pretende el cristianismo, sino las ricas desigualdades de dones y talentos puestas al servicio mutuo por el nexo unitivo de la caridad.

El evangelio, a través de la parábola que hemos hoy escuchado, hace una clara opción por el instinto de vida, de intensidad, de diferencia, en contra del instinto de seguridad y masificación que lleva a la vetustez y a la muerte.

Dios no reparte sus dones al modo como, supuestamente, debería hacerlo el Estado socialista igualitario. A cada uno da dones diversos -" según su capacidad ", dice la parábola- y pretende que esos dones se arriesguen en recuesta de vida, en toma de riesgos, en esfuerzo, en combate, en intensidad.

Por supuesto que, antes que Freud, sabe el Señor que el intentar ser personas, libres, cristianos, llevará al conflicto. Desde el comienzo apunta: " os odiarán todos a causa de mi nombre, os maltratarán, os perseguirán, os expulsarán de las sinagogas ". Pero un discípulo de Jesús que no esté dispuesto a arriesgar todo por vivir en cristiana libertad no es digno de Él. La vida cristiana no es 'quedarse', instinto de seguridad, asimilarse al mundo y a sus modas, suplicar la aceptación de los demás, practicar el ecumenismo de la sonrisa universal, buscar ser aplaudido por todos, confundirnos en la masa globalizada del mundo, en su ecológica inmoralidad, en sus masificados antivalores, refugiarse en el cálido ámbito intrauterino del mundo virtual que me elaboran los 'mass media' (o, mejor dicho, los medios de masificación universal). El que así quiera conservar la vida, la perderá. Es el que la juegue intensamente por Jesús y por los demás, como dice el evangelio, el que la alcanzará.

Allí está el inútil que recibió su talento y lo metió en el colchón, lo enterró. No quiso asumir riesgos, prefirió a la vida, la seguridad. Y así le fue. Pudo devolver el talento y nada más. Y el Señor, lo rechazó. Dios no ama a los perezosos ni a los cobardes.

Los otros servidores no sabemos lo que hicieron, la parábola no da ningún indicio de cómo multiplicaron sus talentos. Pero ciertamente no los dejaron inactivos: los 'negociaron' dice Mateo. Se jugaron, eligieron la vida, la intensidad y, por eso, el Señor los alabó.

Esta parábola se encuadra en estos últimos domingos del año, antes de Cristo Rey, donde la liturgia utiliza pasajes evangélicos que nos hablan de las expectativas del fin. Más aún, nos hablan del ambiente cristiano primitivo que esperaba que Jesucristo regresaría de un momento a otro, pero que empezaba ya a preguntarse qué había que hacer si la espera se prolongaba. " Juntar aceite para las lámparas ", respondía la parábola del domingo pasado. " Poner a invertir los talentos que se nos han dado ", dice la de hoy. Cualquier cosa menos simplemente esperar, creer que para vivir basta que pasen los días y se deshojen los almanaques, o conservar sin acrecerlos los dones que tenemos.

La vida, para el evangelio, es una tarea, no un puro disfrute ni inactiva espera, como lo conciben ciertos fatalismos orientales que parecen encarnarse en la opinión del servidor malo y perezoso: "es inútil hacer nada, por lo poco que somos frente al poder del Destino o de los acontecimientos o del patrón. ¿Para que ocuparme de nada con lo poco que soy, con mi "unito" talento, si el señor, cuando venga, arreglará todo?" El fatalismo, también, de los argentinos, que piensan que las cosas están tan mal, el poder de los sinvergüenzas tan grande, que los que apenas tenemos poder ni fuerzas ni dinero, nada podemos cambiar. Ciertamente así no pensaron Jesús, ni los apóstoles, ni ningún santo... Por otra parte, aunque en la parábola se habla de buenos resultados, lo que alaba el señor no es la magnitud de lo realizado sino el empeño, la intensidad, la personalidad y valentía puestos en hacerlo, con lo mucho o poco que se nos ha dado.

En tiempos de desaliento como éste, en donde, a pesar de un cierto triunfalismo con el cual periodistas y políticos a consuno loan no se qué veranito, para engañarnos, pero cualquiera puede darse cuenta de que las cosas no mejoran un ápice y más bien siguen destruyéndose, no solo en lo económico y lo político, sino sobre todo en lo moral y lo religioso -lo único que se está haciendo en este lapso de inutilidad es votar leyes anticristianas, desde la ley de salud reproductiva hasta la de despenalización del aborto, pasando por la continua persecución a las fuerzas que enfrentaron y aún son capaces de enfrentar la subversión-, en estos tiempos, digo, en que la esperanza de muchos se dirige al exterior, a la huída de este desastre, es bueno escuchar que también los que nos quedemos aquí, aunque estemos desocupados o subocupados de puestos de trabajo o cada vez más faltos de recursos, poco o mucho que seamos, poco o mucho que tengamos, antes que nada tenemos que asumir nuestra misión principal de hacernos santos , de ser personas , individuos, crecer en gracia, poner en juego y en riesgo nuestros talentos para servir a Cristo, para hacer lo que tengamos que hacer, para mejorar nuestras familias, nuestra Patria, nuestros estudios, nuestros trabajos, nuestros amores, nuestras mentes, nuestros gustos, nuestra escala de valores... Sabiendo que para nacer a la vida hay que sufrir el 'trauma del nacimiento', desprendernos de nuestras comodidades y apegos retrógrados, de nuestras búsquedas de falsas seguridades, de nuestros 'estar instalados'.

Porque el cristiano, el santo, es todo lo contrario de un fugitivo del mundo, de un adulterado asceta yoga, de un tomador de cerveza en los zaguanes integrado en la nada de una barrita que lo ampara y a la vez lo despersonaliza, de un piquetero que se siente fuerte en la protección del grupo y en su desgano por el trabajo y por el compromiso verdadero. El cristiano no está hecho para la muerte, ni para volver al vientre de su madre, ni para el nirvana: es un buscador de intensidad y de vida, en la integración personal, mediante la caridad, a un cuerpo de elite que se supone tendría que ser la Iglesia, el movimiento, la parroquia... y, si fuera necesario, en la soledad valiente del que lucha solo por la justicia del Reino.

Todo lo contrario del gregario, del adocenado, del mediocre, del vacilante, del pusilánime, del buscón de seguridades. Es el ansioso de vida y de intensidad, buscador de lo grande y de lo bello, de lo difícil y lo heroico, de los amores nobles y los compromisos honrosos... El cristiano verdadero no se conforma con lo poco, no se adapta a lo tibio, no se codea con lo bajo, no sonríe a lo necio, no se amolda a su situación de pecado... Quiere ser libre, persona, santo, y juntarse con libres y con santos.

"¡Basta de pereza e inacción!", nos dice el evangelio de hoy, "ponte tus talentos en bandolera, desenváinalos en tu puño derecho, reanímalos en sacramentos y oración, viste con orgullo el uniforme de fajina de tu Señor y combate el buen combate de la cristiana santidad." Servidor bueno y fiel, que quieres responder fielmente en lo poco... entrarás un día a participar en el gozo de tu Señor.

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