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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1975. Ciclo A

32º Domingo durante el año

Sermón

           LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN

Jn  4,19-24 
       

Nuestro mundo contemporáneo ha ido perdiendo poco a poco el sentido antiguo y profundo del tiempo y del espacio. Medimos el tiempo homogéneamente por el correr imperturbable e indiferente de unas agujas sobre una esfera. Lo dividimos asépticamente en segundo, horas y minutos, lo diferenciamos con números anónimos. Lo mismo el espacio. Metros y kilómetros, parámetros y coordenadas, grados y meridianos.
La geometría y los Ulysse Nardín, Girard Perregaux y Rolex pretenden ubicarnos en un mundo de líneas y poliedros, de ritmos aritméticos, convirtiendo nuestro estar situados en el mundo en un mero intersecarse sobre un papel en blanco de abscisas de tiempo y ordenadas de espacio: ‘J 8’, averiado; ‘B, 4’, hundido.

Pero nosotros tenemos la experiencia de que no basta el calendario, no bastan Euclides y los suizos para mensurar nuestra existencia ni emplazarnos en la vida. ¿Quién no ha vivido alguna vez esos minutos que parecen horas y esos meses que se evaporan raudos como días? ¿Quién no ha gustado del optimismo de las mañanas radiantes y las nostalgias grises del ocaso? ¿Quién no ha percibido condensarse sus miedos y fantasmas en las campanadas de la medianoche y congelarse sus soledades en el silencio umbroso previo a las madrugadas, y renacer a la euforia cuando, a la aurora, reviven los colores excitados por los dedos mágicos de la luz? Y, mientras danzan las brujas en sus aquelarres de las noches de San Juan, o las hadas de la primavera estallan jubilosas en brotes y pimpollos, y mientras juegan los niños o sueñan los ancianos, al mirarse de los novios a los ojos y el agonizar de los enfermos en sus camas, en el tedio del alargarse las esperas de las antesalas. O en la brevedad de las fiestas, cuando nacen y mueren risas y llantos y aguardan angustiadas sus mujeres a los soldados, el tic-tac imperturbable, indiferente, a ritmo de hipnotizado cómitres, pretende marcar estúpidamente siempre los mismos minutos, las mismas horas, los mismos segundos.
Pero nosotros sabemos que no es así. Nuestro tiempo no lo miden dos agujas marcando pasos de prusiano. Nuestro tiempo humano se arrastra o vuela, se condensa y se disipa, pasa de las blancas a las negras, de la fusas a las semifusas, de los silencios a los ‘staccato’, tiene usos distintos, valores diferentes a los de la pura matemática de las esferas.
De allí el tercer capítulo del Eclesiastés: “Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo. Su tiempo el nacer y su tiempo el morir, su tiempo el plantar y su tiempo el arrancar los plantado. Su tiempo el llorar y su tiempo el reír, su tiempo el lamentarse y su tiempo el danza. Su tiempo el abrazarse y su tiempo el despedir. Su tiempo el callar y su tiempo el hablar. Su tiempo el amar y su tiempo el odiar; su tiempo el lanzar piedras y su tiempo el recibirlas.
No basta tener una hora libre por reloj para poder rezar, para poder estudiar, para poder hablar y escribir. Hay horas más propias, otras menos. Cada tiempo viene cargado con su signo propio, con su color particular.
Eso lo sabían los antiguos. Por eso, una de las funciones principales de los sacerdotes romanos antes de Cristo, era determinar cuidadosamente cuándo había que celebrar ‘fastos’ y cuáles los días ‘ne‑fastos’ o ‘in‑faustos’. Y los días de ‘fastos’ ‑o de ‘fiestas’, en castellano‑ eran tiempos ‘sagrados’ en donde irrumpía de alguna manera el tiempo de los dioses.
La fiesta era, para los antiguos, un tiempo ‘numinoso’, tiempo cargado de la presencia de lo celeste, tiempo surcado por el aleteo de los dioses, tiempo ‘tabú’, cargado de poder, separado, escindido de la vida cotidiana y dedicado a las deidades.
Mucho de eso hay en nuestro día domingo. Las horas que, de víspera a víspera configuran la sagrada jornada de este octavo día, trazan el puente misterioso donde coinciden tiempo y eternidad, camino y llegada, vida de mortal y resucitado.
De allí que también la Iglesia distingue los tiempos del año y declara a algunos propicios a la penitencia y la conversión ‑como el Adviento y la Cuaresma‑, otros a la alegría del encuentro renacido con Dios ‑como Navidad y Pascua‑. En una semana especial, la Semana Santa, concentra con singular potencia, túrgida de gracia, la oferta al hombre de la Salvación.
De ahí también el sentido de los ‘años santos’ que periódicamente se celebran.

Lo mismo el espacio. ¿Quién se atreverá a afirmar que un lugar se diferencia de otro simplemente por su ubicación trigonométrica? ¿Quién no sabe de los lugares tétricos, de los lugares tristes, de los lugares luminosos y alegres? ¿Quién no sabe de los sitios cargados de recuerdos, de los ambientes opresivos, de la nostalgia de los paisajes conocidos, de la tristeza de las mudanzas y demoliciones, de la alegría cuando vuelvo del trabajo al entrar en mi casa?
Nos eres familiar como una cosa que fuese nuestra, solamente nuestra –cantaba Evaristo Carriego (1883-1912)‑ (,,,) Te queremos / con un cariño antiguo y silencioso / caminito de nuestra casa ¡Vieras / con qué cariño te queremos! / ¡Todo/ lo que nos haces recordar! / Tus piedras / parecen que guardasen en secreto / el rumor de los pasos familiares / que se apagaron hace tiempo… Aquellos / que ya no escucharemos a la hora / habitual del regreso. Caminito / de nuestra casa, eres / como un rostro querido / que hubiéramos besado muchas veces: / ¡tanto de conocemos! (…)”(1)

Es como si cosas y lugares se impregnaran de vida, de misterio. Tanto es así que los parapsicólogos afirman que ciertos tipos de videncia permiten, a través de lugares y objetos, reconstruir la historia de quienes han estado en contacto con ellos.
Tal es así que el hombre siempre distinguió, sin necesidad de teodolitos y de metros, “lugares” y “lugares”, no por su ubicación aritmética sino por su situación humana. El dormitorio y el lecho matrimonial de los padres en el Medioevo, se conservaban de generación en generación como algo sagrado. El tálamo, el lugar santo del inicio de la vida, el signo de la vitalidad y perduración de la familia. El comedor y la mesa, punto de reunión fraterna y de convivencia, de magisterio paterno, en donde se fortificaba la unión muta y los lazos en la comida común y la palabra y las memorias ancestrales de la prosapia.
Entre los romanos el límite de la ciudad y el de las casas no era una cuestión de loteo y de escrituras, sino algo sacro.
El ‘limes’, el lindero, era simbólicamente trazado con el arado y se convertía en el confín misterioso entre el ámbito familiar o patrio protegido por los lares y los dioses, y el territorio anónimo, hostil y desconocido del afuera, de donde venía lo desconocido y el hombre se veía desprotegido.
Por eso las puertas de las ciudades y los umbrales de las casas ‑en donde el arado se había levantado‑ debían ser singularmente custodiadas por dioses especializados como Jano. Durante mucho tiempo, entre cristianos, cuando algún miembro salía de la casa o de viaje siempre pedía a su padre o a su madre que lo bendijera.


Jano

No: ni siquiera psicológicamente un lugar es igual a otro. No es lo mismo estudiar en mi cuarto solo o en una biblioteca que sentado en un banquito en la vereda de Cabildo. No es lo mismo rezar en el baño que arrodillado en una capilla. No es igual una declaración de amor en una verdulería que a la luz de la luna rielando sobre las aguas del rio.
De aquí que, ya desde la antigüedad, así como había tiempos ‘faustos’ e ‘infaustos’, los hombres distinguieron en el espacio lugares ‘sagrados’ y ‘profanos’. En todas las religiones de la historia es importantísimo el lugar sagrado. Lugar ‘teofánico’ en donde se manifiesta con especial densidad el poder de la divinidad: bosques y arboles sagrados, montañas sacras, templos.
Espacios reservados, ‘hierofánicos’, en donde el hombre no puede hacer cualquier cosa ni acercarse de cualquier manera. “No te acerques aquí –dice Dios a Moisés‑ quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada.” Los musulmanes entran descalzos y después de lavarse en sus mezquitas.
Por supuesto que Dios está en todas partes, pero, al modo humano, ha querido hacerse presente de manera singular en determinados lugares, espacios reservados en exclusiva para la divinidad, deslindados por muros y por puertas, del espacio profano, cotidiano.
Es así que la Iglesia no se queda en la construcción material del templo. Para inaugurarlo como lugar de oración y de encuentro con Dios, hace toda una ceremonia de consagración, de ‘dedicación’, por la cual los cristianos, al ofrendarle el sacrifico de un espacio segregado, ajeno a las actividades mundanas, recibe a su vez la oportunidad de unirse, en ese espacio, con el mismo Dios que a quien ha reservado, ofrendado, el predio.
El templo fuera de toda utilidad profana y uso terreno se convierte así en espacio celeste, en antesala de cielo. El cristiano, cuando allí ingresa, debe cambiar su actitud interna y externa, incluso con signos exteriores: persignarse, tomar agua bendita con la mano, descubrirse, arrodillarse, callar. No es lo  mismo estar adentro que estar afuera: el templo está lleno de la Presencia augusta de Dios. Su superficie es superficie santa.
Está indicado que, cuando ocurre un hecho de sangre o una profanación que hiere la santidad del lugar, la Iglesia debe ser reconsagrada.
De allí que no haya nada más antipedagógico, para suscitar en nosotros la actitud que nos corresponde frente a Dios, que transformar las Iglesias en salas de conferencia o reunión mundana o las Misas en shows con guitarra. Eso implica que haya que venir al espacio sagrado vestidos correctamente y permanecer bien plantados y en silencio.
Por eso las madres, aunque les cueste –y comprendemos ¡pobres! el sacrificio que hacen al venir a Misa con sus chicos‑ no deben permitir que sus hijos griten y corran y se muevan. Desde el principio hay que educar a los niños en el respeto sagrado al templo.
El día de mañana ellos mismos se lo agradecerán, cuando, bebiendo en lo que de niños les inculcaron, en los momentos fundamentales de sus vidas puedan hallar en los templos el lugar privilegiado de su encuentro con Dios.

Es así que la santa Iglesia celebra anualmente la fecha de consagración de los templos. Por eso hoy celebramos la consagración de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral del papa, espacio consagrado a Dios por los cristianos y que, por nuestra adhesión a Roma, se transforma un poco en el centro mismo de la cristiandad.

(1)
El camino de nuestra casa 
Nos eres familiar como una cosa 
que fuese nuestra, solamente nuestra; 
familiar en las calles, en los árboles 
que bordean la acera, 
en la alegría bulliciosa y loca 
de los muchachos, en las caras 
de los viejos amigos, 
en las historias íntimas que andan 
de boca en boca por el barrio 
y en la monotonía dolorida 
del quejoso organillo 
que tanto gusta oír nuestra vecina, 
la de los ojos tristes... 

Te queremos 
con un cariño antiguo y silencioso, 
¡caminito de nuestra casa! ¡Vieras 
con qué cariño te queremos! 
¡Todo 
lo que nos haces recordar!
 
Tus piedras 
parece que guardasen en secreto 
el rumor de los pasos familiares 
que se apagaron hace tiempo... Aquéllos 
que ya no escucharemos a la hora 
habitual del regreso. 

Caminito 
de nuestra casa, eres 
como un rostro querido 
que hubiéramos besado muchas veces: 
¡tanto te conocemos! 
Todas las tardes, por la misma calle, 
miramos con mirar sereno 
la misma escena alegre o melancólica, 
la misma gente... ¡Y siempre la muchacha 
modesta y pensativa que hemos visto 
envejecer sin novio... resignada! 
De cuando en cuando, caras nuevas, 
desconocidas, serias o sonrientes, 
que nos miran pasar desde la puerta. 
Y aquellas otras que desaparecen 
poco a poco, en silencio, 
las que se van del barrio o de la vida, 
sin despedirse. 

¡Oh, los vecinos 
que no nos darán más los buenos días! 
Pensar que alguna vez nosotros 
también por nuestro lado nos iremos, 
quién sabe dónde, silenciosamente 
como se fueron ellos... 

 

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