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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1994. Ciclo B

21º Domingo durante el año

Lectura del santo Evangelio según san Juan     6, 60-69
Muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?» Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen» En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede» Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?» Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios»


Sermón

            Quienes hayan frecuentado el antiguo testamento o leído historia sagrada recordará que Moisés, el gran legislador de los hebreos no habitará nunca Palestina: es su legendario sucesor Josué quien, cruzando el Jordán, irrumpirá en la Tierra prometida y, después de la milagrosa toma de Jericó, conquistará, a punta de espada, toda esa tierra perteneciente a los amorreos y cananeos para sus doce tribus.

            Los estudios arqueológicos modernos muestran que las cosas sucedieron más modestamente: no hubo conquista, sino infiltración progresiva, una lenta inmigración de tribus del desierto que, poco a poco, por multiplicación demográfica, y decadencia, en cambio, de los ricos amorreos y cananeos que controlaban la natalidad, se fueron adueñando de ese territorio en donde habían sido recibidos como trabajadores e inmigrantes. Uno que otro episodio violento aislado sirvió para que luego, cuando se escribió la historia seis siglos después, se vistiera con los oropeles de las guerras de conquista, como para legitimar los oscuros Orígenes de Israel. Para entonces todas esas tribus dispersas habían adoptado una lengua más o menos común, una deformación del idioma cananeo, que sería el hebreo y, como medio de coalición, de coligamiento entre ellas, elegido un Dios común, a quien servir.

            Esa divinidad común fue la que impusieron las tribus más poderosas un tal Yau o Yao, huellas de cuyo culto se han descubierto, también según recientes investigaciones arqueológicas, en Madián, en el desierto de Sinaí, de donde provenían algunas de esas tribus.

            Ese es el fondo histórico de lo que intenta narrar el relato de la primera lectura de hoy, donde vemos a Josué haciendo que todas las tribus se decidan por servir al Señor en vez de a los dioses de los antepasados y a los dioses de los amorreos y cananeos.

            Pero ya el relato tal cual lo hemos escuchado apenas guarda relación con los lejanos acontecimientos a los cuales se refiere, perdidos en la bruma del tiempo. Está escrito por pensadores, teólogos, del siglo VII antes de Cristo, que han meditado largo tiempo sobre lo divino y lo humano y entre otras cosas han descubierto que existe un solo Dios y que éste Dios es trascendente al universo y superior a todo lo visible.

            Desde el idioma hebreo han incluso tomado el viejo nombre de la divinidad del Sinaí Yau o Yao y lo han transformado en Yahvé, un especie de 'tour de force' lingüístico pero que hace que esta divinidad alcance categoría casi metafísica, porque, como Vds. saben, Yahvé en hebreo es la tercera persona singular del verbo ser: el es. De tal manera que el sagrado nombre de Dios, Yahvé, en hebreo, simplemente quiere decir "el que es". Como más tarde los judíos, por respeto, se negarán a pronunciar su nombre, cada vez que aparece la palabra Yahvé en la escritura no la leen y en su lugar dicen Adonai, o sea, en castellano, el Señor. Pero recuerden Vds. siempre que lean u oigan en la Biblia llamar a Dios con el título de Señor, que detrás de él está el nombre de Yahvé o sea "el que es". Algunas traducciones modernas transcriben ya directamente Yahvé, pero eso también hace perder la fuerza del nombre: habría que traducir simplemente "El que es", no el Señor, ni Yahvé. El que es.

            De tal manera que la opción que Josué presenta a sus hombres y que hemos escuchado: elegid hoy a quién queréis servir: si a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados y a los dioses de los amorreos o al Señor, en hebreo suena: elegid a quién queréis servir, si a las fuerzas de la naturaleza y las riquezas de los amorreos y cananeos que en el fondo no son nada o al que es.

            Por eso la liturgia de este domingo pone esta primera lectura como paralela a la del evangelio que acabamos de escuchar. Porque también en éste nos encontramos frente a una opción: el mundo o Jesús, la carne o el espíritu.

            Todo el largo discurso del pan que hemos oído en los últimos domingos desemboca en esta opción, que ahora hace que alrededor de Jesús solo quede un puñado de discípulos.

            Esas multitudes que lo han seguido por sus milagros, porque ha multiplicado el pan, porque ha curado a sus enfermos, porque parecía que podía ponerse frente a una revolución política que expulsaría a los romanos y llevaría a Israel al dominio del mundo, se ha visto enfrentada con un Jesús que les ofrece alcanzar mucho más que eso, pero mediante la imitación de su vida entregada, el pan de vida, y la aceptación de su muerte, beber su sangre.

            Jesús no les ofrece inmediatas recompensas en este mundo: les ofrece un camino de servicio que habrá de culminar para todos en un gran acto de ofrenda y en una plenitud que podrá adquirirse solo atravesando la muerte.

            "Es duro este lenguaje ¿quien podrá escucharlo?" Desde ese momento muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo.

            Porque claro, mientras Jesús sea la imagen del Dios papito humano que no dejará que las cosas me salgan mal en este mundo, que me ayudará en los exámenes, que me dará salud, que me garantizará que todo, con sus más y sus menos me saldrá bien aquí, o el Jesús fautor de mi paz espiritual, de mi conciencia tranquila, de mi serenidad interior, de mis cordiales relaciones de familia, de mi autoestima, de la satisfacción de sentirme bueno... así no me será difícil continuar siendo católico. Amén de esa vida eterna que se me promete como premio suplementario, y que, por supuesto, no rechazaré aunque, en realidad, mucha importancia no le doy.

            Pero cuando realmente las cosas me van mal, cuando a mi depresión y soledad no hay palabra de Dios que la consuele, cuando el espectáculo aberrante del mal y las injusticias en el mundo me golpean con todo su absurdo y la imagen de un papito bueno choca de frente a mil kilómetros por hora con el horror del dolor y de la perversidad humanas, y las monstruosidades de una naturaleza que es capaz de enfermar a inocentes y deformar niños y causar impotente e inculpable dolor..; cuando en mi propia vida se presenta la opción de aceptar la palabra de Dios precisamente por esa vida eterna tan impalpable y tan futura o aceptar este negocio más o menos turbio que me sacaría de la miseria y ayudaría tanto a los míos, o seguir con esa amistad prohibida con la cual rehacer mi vida, se me pide alejarme de mi grato vicio o de mi hábito mundano o de complacientes amistades que más que eso son complicidades, o de mis comodidades burguesas, porque lo pide mi cristiana honra o la caridad, a veces a costa de mi salud de mi tranquilidad, porque no puedo dejarlo en la calle, o porque no puedo internarla en un geriátrico, o porque no puedo recurrir a métodos inmorales para impedir la concepción...

            Cuando ya no es más posible sostener la ficción de mi fe y al mismo tiempo mi adhesión a lo que hace todo el mundo, a mi placentero buen pasar y bienestar, a mis convicciones tan razonables ellas, a mi sentido tan común, cuando tengo que elegir entre Jesús y cualquiera de las cosas a las cuales está pegoteado mi yo: allí también Jesús me mira y con mirada de infinita tristeza me pregunta  "¿también querés irte vos?"

            Y ya allí no alcanza nuestra razón, ni nuestras confianzas humanas, ni nuestras certezas subjetivas: de un lado está, con su poder de atracción inmediata, todo lo que ofrece la realidad concreta que vivimos, o, con su repugnancia bien tangible, el mal, el dolor, el sufrimiento, con que a veces nos topamos y del cual queremos desesperadamente, por cualquier medio, huir, y del otro la promesa de un Dios que, en esos momentos límites, remite toda explicación y todo consuelo a un más allá ajeno a nuestra experiencia, a una vida eterna a la cual solo podemos adherir por la pura fe y que nuestro cerebro no capta ni siente.

            Y ese es finalmente el momento de la gran opción, de demostrar si somos o no verdaderamente cristianos. Cuando todo, aún nuestra propia razón y sentimientos, se lo entregamos, en total oscuridad, a él.

            Pero aún así estamos seguros de que esta entrega no es irracional; porque sabemos que sin Dios, el mundo y el dolor y la vida humana y la muerte, son ya, si, totalmente, irremisiblemente, absurdos, inexplicables y por lo tanto inconsolables; porque sabemos, también, que si Dios existe, no será ciertamente el ídolo que fabrica nuestra pequeña mente y capaz de darnos razonables explicaciones de todo, sino que es y está mucho más allá de cualquier nuestra pobre comprensión, y no habrá ninguna teología humana capaz de explicar todas sus acciones; y que si lo que nos quiere dar, como nos dice en la revelación, es su propia vida eterna -lo cual lo ha querido probar en la miserable muerte de su Hijo- eso tiene que pasar necesariamente por la superación del límite de nuestra propio vivir y por lo tanto de nuestro morir y sufrir...

            y en última instancia porque sabemos que todo lo que conocemos y no es Dios, aunque lo busquemos como a ídolos, dioses amorreos y cananeos, termina, perece, envejece, se va; y hasta el universo y las estrellas un día se apagarán y nada de eso es ni puede darnos verdadero vivir...

            y que jugarse por lo humano, por la carne, por más bueno que sea, es finalmente jugarse por lo que, cuanto mucho, en setenta u ochenta años, terminará....

            y que, en el fondo, la opción es entre lo que a pesar de las apariencias apenas existe, y lo que realmente es, Yahvé, el que es; o como dice el evangelio, entre la carne, destinada a la muerte, y el espíritu que lleva a la vida...

            No Señor, a pesar de que tus palabras son duras, a pesar de lo que me pides o quieras pedir, a pesar de lo difícil que es levantarme de mi pecado y de mi pereza, y de renunciar a tantas cosas y aceptar tantas penas, tanto entrenamiento, no te abandonaré: sentiré a lado tuyo el gozo de la lucha, la zozobra de la vigilia y la embriaguez de la carga, la alegría de ponerme en marcha contigo detrás de la gran empresa, del saber que estoy esforzándome por lo único por lo cual vale la pena vivir y morir, y por lo único que, en última instancia, vale la pena tratar de dar a los que amamos: la vida verdadera, la plenitud del existir.

            Porque, sin Ti, Señor, ¿a dónde iremos?. Solo vos tenés palabras de vida eterna.

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