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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1978. Ciclo A

19º Domingo durante el año

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-35
En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman". Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua". "Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame". En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?". En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios". Curaciones en la región de Genesaret. Al llegar a la otra orilla, fueron a Genesaret. Cuando la gente del lugar lo reconoció, difundió la noticia por los alrededores, y le llevaban a todos los enfermos, rogándole que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron curados.

 

Sermón

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Lluís Borrassà , Gerona, 1360- Barcelona 1425

Durante estos días, los diarios –a falta de otras noticias- nos han ayudado a fijar nuestra atención en Roma, en el Vaticano, en el Papado. Fotos del Papa muerto, de las ceremonias exequiales, comentarios sobre sus posibles sucesores, detalles sobre el cónclave o conclave, posibilidades de un Papa argentino. Pero sobre todo lo anecdótico, lo curioso, lo notable, ha atraído la atención de los periódicos.

En el Secretariado del Episcopado, donde trabajo todos los días, ha habido un ir y venir de periodistas ávidos de información. He tenido que atender a unos cuantos. Y todos andaban detrás de lo raro, lo desusado: “ No, eso no interesa a los lectores ”, me decían algunos de los de mayor tirada. “ Algún detalle picante, folklórico ”, me pedían.

Por otro lado las Misas, homilías y declaraciones llenas de ditirambos, encomios, prematuras ‘canonizaciones'.

En fin, todo ha contribuido a que nuestra atención se fijara en un aspecto de la marcha de la Iglesia.

Pero, para tratar de encuadrar todo en su marco estrictamente religioso, quisiera apuntar unas breves reflexiones.

Más que nada sobre el misterio tremendo de la muerte, que a todos nos toca o tocará y es lo único cierto que el hombre al nacer sabe de su futuro.

De todos modos, el ritual de las exequias advierte: “ Después del Evangelio habrá una breve homilía, excluyendo todo género de panegírico ”, es decir, evitando todo discurso en alabanza del muerto, laudatorio, encomiástico o, mucho menos, que pareciera que ya lo ubica, sin lugar a dudas, en el Cielo.

Evidentemente la regla exige la excepción cuando se trata de un personaje público cuya obra todos conocemos como la de un Papa y que, más allá de la persona, cumple la suprema función del pontificado y, como tal, se lo venera y respeta.

Pero la intención del ritual sigue valiendo en cuanto al hombre. Si sus acciones públicas pueden ser juzgadas, aprobadas o criticadas, en su objetividad, ¿quién conocerá el secreto de su corazón, de sus intenciones, de su índole privada, de su subjetividad?

Y, aún de las públicas ¿quién podrá o no darle la razón al nivel en que ha actuado, desde la miopía del presente, sin el atalaya del tiempo y de la historia?

Por eso la Iglesia, en esto días, ha multiplicado en todas partes Misas y oraciones por el alma del hombre, Juan Bautista Montini, Papa, Pablo VI.

Primero por un deber de agradecimiento elemental. Él, el Siervo de los Siervos, ha intentado y asumido el servicio oneroso y tremendo del supremo pontificado, en bien de todos nosotros. Sacrificó su vida privada a un ministerio cuyos únicos privilegios, aparte una solemnidad externa protocolar y palaciega incluida en el oficio, fueron la dedicación exclusiva, el peso terrible de una responsabilidad no compartida, y el constante estar sumergido en problemas de toda índole.

Segundo, porque al rezar por él, durante su vida mortal ‘cabeza' de la Iglesia, los cristianos rezamos también por todos aquellos por los cuales nadie reza y que mueren en el anonimato sin el refrigerio de ni siquiera una plegaria personal. El otro día tuve que ir a un entierro en la Chacarita y veía a la pobre gente entrar con sus muertos, uno detrás de otro, en la capilla donde un sacerdote, distraído y mecanizado por la costumbre, recitaba a los tiros los responsos. “¡Qué diferencia!” pensaba yo, “¡pobres humildes muertos! ” Pero, en realidad, debí haber pensado “¡Pobres familiares! ¡qué poco consuelo!” Y, quizá, a causa de la aparente falta de piedad del oficiante, “¡qué impresión lamentable se llevarán a sus casas!” Porque lo que es, en cuanto a los muertos, Dios se encarga de repartir las oraciones para los grandes y los pequeños, los notables y los desconocidos. Y, aun por aquellos por los cuales nadie parece rezar, la Iglesia ora, siempre, incluidos en toda santa Misa. Pero también siempre, de rebote y simpatía y comunión –la comunión de los santos-, cuando se reza nominalmente por cualquiera.

Y, tercero, porque , cuanto más alta es la dignidad y responsabilidad y los talentos con los cuales hemos sido revestidos en este mundo, tanto más terrible resultará frente al Juez supremo, la desnudez de la muerte, donde todos somos iguales, reyes y plebeyos, ricos y pobres, papas y barrenderos. “Muy pocos sacerdotes se salvan –dicen que decía San Alfonso María de Ligorio- y casi ningún obispo”. Por eso los pintores medioevales y del renacimiento se complacían, en sus pinturas de Juicios Finales, en poner siempre en el infierno unas cuantas coronas, mitras, tonsuras y tiaras. Y no digamos nada del Dante.



Recemos, pues, por nuestro Papa difunto.

Recemos también por el que vendrá. Conservador o avanzado, argentino o italiano, amante de las izquierdas o las derechas o del centro, no nos interese demasiado.

Pidamos que sea santo, que defienda la fe –nuestra Fe-, que nos conduzca no a la justicia social, a la democracia, al progreso, sino al Cielo, a la Eternidad.

Que en medio de la borrasca de este mundo afirme el timón y apunte la proa hacia la distante orilla. Que sepa, sin hundirse, caminar sobre las aguas, como Cristo, como intentó Simón y, si piensa que comienza a hundirse, se aferre fuertemente a la mano de Jesús.

Y que nosotros, aún cuando en la barca parezca haber solo hombres pequeños y medrosos, y nuestra fe no alcance a ver nada más, o dudemos – “¡Es un fantasma!”-, descubramos siempre en la Iglesia, más allá de lo humano, la presencia de Cristo, de la Gracia, de Aquel que, porque capaz de caminar sobre las aguas, con Pedro, nos haga atracar un día, sanos y salvos, en el puerto de la eterna Felicidad.

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