Sermones de ADVIENTO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ



Adviento

1982. Ciclo C

3º DOMINGO DE ADVIENTO 

Lectura del santo Evangelio según san Lucas     3, 10-18
La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?» El les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto» Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?» El les respondió: «No exijan más de lo estipulado» A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» Juan les respondió: «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo» Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible» Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia.

SERMÓN

A pesar de las aciagas circunstancias políticas, el último mes del año, con la irrupción del sol y del calor, el fin de clases, la perspectiva de las vacaciones, la aprobación de los exámenes y los proyectos para el nuevo año nos introducen en un clima de alegre expectación que coincide, en parte, con la alegría propia del tiempo de Adviento, cuyo tercer domingo hoy celebramos.
No obstante los ornamentos violetas, morados, signo de penitencia ‑y que por eso se utilizan primordialmente en el tiempo de Cuaresma‑, el Adviento no nos exige una austeridad semejante a ésta.
Aparte sus intereses mercantiles, tienen razón los negocios y calles que comienzan, desde ya, a adornarse con los arbolitos y plateados y dorados y colorados propios de la Navidad.
Sin duda que la figura severa de Juan el Bautista sigue dominando la escena del Adviento, con sus exigencias alfonsínicas de “Renovación y Cambio” y, por eso, nunca estará de más, en el fin de año, junto con los finales de colegios y facultades, realizar algún examen de cómo vamos creciendo como hombres y como cristianos y, quizá, proponernos algún cambio.

Pero fundamental en este tiempo es, sobre todo, ir dejándonos invadir por la sensación de optimismo propia del acontecimiento maravilloso que está por ocurrir una vez más como memorial de nuestra fe católica. A pesar de todos los desastre humanos, políticos, nacionales, sociales o personales; a pesar de nuestra poquedad y de nuestros fracasos; a pesar aún de nuestros pecados ‑sin tener en cuenta nuestra mediocridad o debilidades‑ Dios, lo mismo, está por venir a nosotros, a vivir con nosotros, a cortejar y declararse al hombre, a desposarse con nuestra almas –como diría San Bernardo‑, a introducirse dentro de nuestro existir para compartirlo y, así, reglarnos su plenitud de vida, su euforia de vivir, su grandeza, su honor, sus ideales, sus empresas, su sangre noble, sus blasones, su espada de plata.
Todo eso vienen a traernos de nuevo estas navidades como regalo inaudito, como nueva posibilidad de existencia valiosa. Otra vez viene a regalarnos, nuevo y brillante, el uniforme galonado, el empenachado casco y las espuelas de oro de sus caballeros.

No importa lo que hayamos sido o hecho este año que pasó. Él viene empecinadamente, otra vez, a ofrecernos su amistad y un puesto en sus filas. En la soberana actitud del príncipe cuya amistad siempre será inmerecida, fruto gratuito de su liberalidad.

No se nos pide tanto, en Adviento, un esfuerzo ascético de conversión, ni una actitud avergonzada, humillados por nuestras traiciones y pecados del año, sino que quiere despertarse en nuestra mente esa actitud de maravilla, de asombro, de gozo, propia del que, de pronto, sabe que es amado o es amada por aquel o aquella a quien se quería en secreto y casi sin esperanzas –él o ella me quiere, se fijó en mi, acepta mi amor‑ ¡Alegría de los enamorados! ¡Alegría de los elegidos y reclutados! ¡Alegría del Adviento y de la Navidad!
Sí: Dios te ama y se acerca a nosotros en la real carroza del cálido vientre de María. Viene a llamarte. Viene a buscarte. Viene a pedir tu mano. Viene con el pergamino de tu nombramiento y de tu ascenso.

Vuelvan a leer en sus casas las lecturas de la Misa de hoy: Sofonías: “¡Grita de alegría hija de Dios!” “¡alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!” “¡exulta de alegría!” … Y Filipenses: “¡Alégrense siempre en el Señor, vuelvo a insistir, alégrense!
Y, en el evangelio, ni siquiera Juan el Bautizador aparece, al menos en este momento, para nada exigente. Uno hubiera pensado que, a los de la impositiva y aduanas –que eran los publicanos, ‘recaudadores de impuestos’ vierte nuestra traducción‑; empleados o empresarios con fama de rapaces y coimeros, cuando preguntan a Juan “¿Qué tenemos que hacer nosotros?” éste habría debido increparlos con retos y llamados a abandonar el oficio y meterse en un convento cartujo o ¡vayan a ayudar a una villa miseria! o negarles la posibilidad de salvación. Y no, Les dice, simplemente, ‘cumplan con su deber’, “no exijan más de lo estipulado”.
Lo mismo con los soldados. Imagínense hoy los pobres militares que en lugar de preguntar a Juan Bautista interrogaran “¿Qué debemos hacer?” a un cura tercermundista o a Mons. Laguna ¡las cosas que tendría que escuchar!
No, Juan el Bautista sabe bien que el evangelio no es fundamentalmente una ética o una moral. Más aún, la Iglesia siempre ha afirmado que la base del comportamiento moral de los hombres debería ser básicamente la misma para cristianos o no cristianos, porque proviene del derecho natural.
En esto, estrictamente, el cristianismo no viene a aportar novedades, sino a confirmar, aclarar y sublimar. No puede cambiar las estructuras necesarias del obrar humano y del funcionar social. A diversos niveles, las funciones del Estado y de la Milicia, cumplirán un papel siempre indispensable y nobilísimo en la sociedad. Funciones que, como cualesquiera otras, no pierden en dignidad por el mal desempeño de alguno de sus representante. Por eso, allí, el cristianismo no tiene más que decir “cumpla bien su oficio” y ciertamente, cuanto mejor cristiano mejor lo cumplirá –la gracia ayuda a la naturaleza‑.
Y, porque cristiano, será un buen estudiante; porque cristiano, un cuidadoso médico; porque cristiano, valiente guerrero.

Claro que el mensaje cristiano supera infinitamente el valor de todos estos niveles y funciones humana y allí quiere detenerse hoy Juan el Bautista. No se trata solo ni fundamentalmente de un comportamiento distinto: se trata, sobre todo, de una actitud interior, de un cambio profundo, de una modificación substancial en nuestro espíritu.
No solamente el agua que limpia exteriormente o refresca, sino el fuego que quema y transforma. Fogata que, de la opacidad del frío, lleva al hombre al fulgor de la incandescencia; que, de la tibieza húmeda y la mediocridad, lleva a la plena alegría de la luz.

Es ese calor, esa luminosidad, esa nueva vida interior, manifestada en ganas de lucha, en convencimiento de vencer, en alegría profunda, lo que debemos preparar en este Adviento que ha de aventar todas nuestras morriñas, agachadas y sensaciones de fracaso, con el convencimiento exultante que, de nuevo, sin importarle nada nuestras debilidades, cansancios, cobardías, pecados y falta de arrojo en los combates de este año, Jesús viene a ofrecernos, nuevamente, su amistad, su fuego y su sable.

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