Sermones de ADVIENTO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ



Adviento

2002. Ciclo B

1º DOMINGO DE ADVIENTO 
(GEP 01-12-02)

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 13, 33-37
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Tened cuidado y estad prevenidos, porque no sabéis cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. Estad prevenidos, entonces, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Y esto que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Estad prevenidos! ».

SERMÓN

            Después de Poncio Pilato, destituido como procurador de Judea en el año 36, luego de varios procuradores intermedios, finalmente es nombrado tal, gracias a Popea, la mujer judía de Nerón, Gesio Floro, en el año 64. No durará mucho en su cargo -apenas dos años- y será el último en usufructuarlo, antes de la destrucción de Jerusalén en el 70. Pasa por haber sido, probablemente, el procurador de Judea más corrupto de la historia. Peor que Poncio Pilato.

            Los ánimos de los judíos ya estaban suficientemente caldeados desde los comienzos de la dominación romana. Continuas rebeliones, actos de bandolerismo, pequeños levantamientos, se habían sucedido contra ella a lo largo de todos esos años. Se habían formado grupos armados, entre ellos los zelotas y los sicarios -así llamados por el uso de una pequeña daga, la 'sica', en sus asesinatos terroristas-, en realidad guerrilleros, combatientes irregulares. Los romanos, por su parte, despreciaban profundamente a los judíos, por lo cual, aun cuando en la ley existía una gran tolerancia a sus costumbres y leyes, en la práctica, entre su ignorancia de esas costumbres y la rapacidad de sus funcionarios, continuamente herían la susceptibilidad de los hebreos. Impuestos, castigos arbitrarios, marchas con insignias paganas por la ciudad santa, intentos de colocar estatuas imperiales en el templo, actitud prepotente de la soldadesca romana -en su mayoría bárbaros no-romanos enganchados al ejército, es decir tropas auxiliares- todo ello había exasperado, casi al límite, aún a los más moderados.

            Gesio Floro fue la gota que colmó el vaso. Como se sabe, era Cesarea el lugar habitual de residencia del procurador. Allí había vivido habitualmente Poncio Pilato. Tan pronto Gesio Floro asumió el poder, tan despectivo y prepotente se mostró con los judíos, que estos decidieron abandonar en masa la ciudad, llevándose consigo los rollos de las Sagradas Escrituras y los objetos pertenecientes al culto sinagogal. Poco después, en mayo del 67, Gesio, visitando Jerusalén, hizo retirar del tesoro del templo la exorbitante suma de 17 talentos. La respuesta de la población no se hizo esperar: el procurador fue abucheado e insultado en público. Furioso, Gesio concedió a las tropas un barrio de Jerusalén para que lo saqueasen. Éstas aprovecharon para pasar a cuchillo y a fuego ese sector de la ciudad. Para peor, luego, encima, Gesio exigió que la población, en compensación por los insultos, presenciara un desfile de sus cohortes acompañándolas con aplausos y vivas. El Sumo Sacerdote y los saduceos, junto con algunos fariseos, para evitar mayores males, intentaron convencer a la gente de que así lo hiciera. Algunos pocos aceptaron, con cierta frialdad, pero, cuando las cohortes no les respondieron sino con desprecios, se volvieron locos y empezaron a tirarles de todo. Los mercenarios tuvieron que abrirse paso a través de la turba a punta de espada y refugiarse, algunos, en la torre Antonia -allí donde Pilato había juzgado a Jesús-, y otros, en el viejo palacio de Herodes. Los jerosolimitanos, entonces, tumultuosamente, tomaron el templo y cortaron la comunicación entre la torre y el exterior.

            La noticia de la revuelta se extendió como fuego en bosque seco. Los zelotas comenzaron a ocupar en Judea las distintas fortalezas construidas otrora por Herodes -entre ellas Maqueronte, el Herodium y Masada, que estaban prácticamente desguarnecidas-. Ningún romano esperaba una rebelión de tal envergadura. Al mismo tiempo, Eleazar, hijo del Sumo Sacerdote, tomaba, en el templo, el mando de las fuerzas rebeldes. A pesar de las exhortaciones del Sumo Sacerdote y de otros altos dirigentes, que se daban cuenta de que una rebelión contra Roma era imposible y llevaría inevitablemente al desastre; a pesar de las tropas más o menos judías que Agripa II envió para tratar de calmar la rebelión, ya ésta no se pudo parar. Los insurgentes expugnaron finalmente la torre Antonia y degollaron a todos los romanos. La cohorte refugiada en el palacio de Herodes continuó sitiada. Pero, pasados unos días, frente a la fuerza de los judíos, pactó la retirada, recibiendo la seguridad de que no sería molestada mientras lo hacía. Fueron masacrados, empero, tan pronto traspusieron las puertas del palacio.

            Ya estamos en el año 67. Viendo que Gesio Floro era incapaz de manejar la situación, el legado romano en Siria Cayo Cestio Galo movilizó hacia Palestina una entera legión. En pocas semanas ocupó toda la costa y, por último, se dirigió hacia Jerusalén, acampando en el monte Scopus, una colina situada al Noreste de la ciudad, donde hoy se levanta la Universidad Hebrea. Pensó que su sola presencia calmaría la situación, pero se encontró con una ciudad defendida hasta los dientes y decidida a todo. Resolvió, pues, retirarse en busca de mayor ayuda, pero, inexplicablemente, mientras se alejaba, su legión cayó en una emboscada y fue aniquilada. Los pocos sobrevivientes huyeron, dejando en el campo enorme cantidad de armas y equipos.

            La rebelión ya no tenía retorno. Aún los moderados y los que hubieran querido negociar se armaron para defenderse y morir.

            Dadas las dimensiones que ya había adquirido la revuelta, Nerón decidió lanzar un ataque masivo, enviando a Palestina a uno de sus mejores generales, Tito Flavio Vespasiano, futuro emperador, quien en el 43 se había distinguido como comandante durante la invasión a Bretaña.

            Sin embargo, a pesar del inminente peligro, el pueblo judío no lograba organizarse. Las diversas facciones se peleaban entre si, las cosechas no se levantaban, los montones de cadáveres producían pestes y enfermedades. Los rumores, por un lado, de la preparación de la brutal represalia romana y, por el otro, de intervenciones milagrosas y definitivas de Dios propaladas por falsos profetas, se multiplicaron en un clima de temor y, a la vez, de fervor religioso. El pequeño grupo de los cristianos palestinos no escapó a este clima de exaltación. Lo relacionaron con la Resurrección del Señor y pensaban que sería precisamente el Resucitado quien, en medio de este desastre, volvería para ordenar todas las cosas y establecer su reino definitivo.

            Basados en viejas profecías apocalípticas y algunas palabras de Jesús, estos judeocristianos redactaron una especie de 'panfleto' que anunciaba el desarrollo futuro de los acontecimientos, con su punto culminante, la venida del Hijo del Hombre. En torno a este panfleto y en el clima de la guerra judía que ya se iniciaba, la impaciente, entusiasta e inútil espera de algunos cristianos se exacerbaba. Es, precisamente, enfrentando a estos entusiastas que Marcos escribe esta sección del evangelio, su apocalíptico capítulo 13, cuya última parte hemos leído hoy.

            Recordemos que Marcos, del cual leeremos el evangelio los domingos del año que hoy comienza -en lugar del de Mateo, que hemos leído el año que termina-, es, al menos en parte, el más antiguo de los evangelios. Su redacción más temprana, de estos años de guerra, -y que servirá de fuente a los otros dos evangelios de Lucas y Mateo- es atribuida a Juan-Marcos, sobrino del apóstol Bernabé. Juan Marcos estará al lado de Pablo, durante su cautividad en Roma, y es mencionado por Pedro en su primera carta, cuando dice que "su hijo" Marcos está con él, también en Roma. De hecho la tradición afirma que Marcos, en su escrito, recoge, sobre todo, recuerdos de Pedro; así como Lucas de Pablo.

            Juan debe haber sido un hombre de carácter, puesto que llevaba el apelativo Marcos que, en latín quiere decir "martillo". "Juan el Martillo". Personaje, pues, seguramente poco soñador, realista, y que se mostraría bastante fastidiado frente a esos cristianos carismáticos y entusiastas que esperaban, como tontos, de un momento a otro, la intervención del Señor y especulaban constantemente con la fecha de esa venida y con la espera del fin del mundo. De esos tontos está llena la historia de la Iglesia y aún la de nuestros días.

            Si Vds. leen, en sus casas, todo el capítulo 13, verán con que humor y fina ironía Marcos usa el panfleto apocalíptico -que le sirve de base para redactar su propia narración- para introducirle glosas desconcertantes que esfuminan constantemente los datos, los confunden a propósito, y proyectan los acontecimientos inminentes, fácilmente predecibles, del desastre de Jerusalén, junto con los del impredecible fin del mundo. A la curiosidad de los discípulos sobre el "cuándo" y los signos de ese final, Marcos, el Martillo, hace responder a Jesús que no se dejen engañar, que no se alarmen, que no es todavía el fin. ¡Todavía hay mucho por hacer! Termina, justamente, de corregir todo ese documento o panfleto apocalíptico -que también usaron, después, Mateo y Lucas- con el pasaje que hemos leído hoy.

            En realidad, si uno se fija bien, no se trata de una, sino de dos parábolas o dos series de imágenes, mezcladas a propósito por Marcos. Por un lado, la de un hombre que viaja al extranjero y que da autoridad y asigna tarea a cada uno de sus servidores -probablemente se trata de una alusión o resumen de la parábola de los talentos-. Por el otro lado, la secuencia de un dueño de casa que sale a la mañana y confía al portero, en la casita de vigilancia cerca de la entrada, la tarea de velar para que le abra la puerta cuando su retorno a la tarde o noche.

            Con estas dos parábolas combinadas Marcos le da el escobazo final a sus amigos apocalípticos. Con la primera, retrasa la vuelta del Señor: se ha ido de largo viaje y no sabemos cuándo regresará. Mientras tanto, hay que dejarse de especular y chimentar, ¡y ponerse a trabajar!, a aprovechar los talentos, a realizar la tarea que el Señor encomienda a cada uno según sus deberes de estado en esta vida. Con la otra, la segunda, admite que el que el Señor tarde no puede transformarse, de ninguna manera, en descuido, indiferencia a la segura vuelta del dueño. Nadie puede dormirse en su intento de hacerse santo, de vivir de acuerdo a su fe, de enfrentar cristianamente las dificultades, porque, aunque tarde, el Señor ciertamente llegará. De hecho está llegando, para mirarnos con lástima, cuando nos encuentra dormidos en cada momento que perdemos de nuestra vida, en cada pecado, en cada olvido de nuestro ser hijos de Dios.

            No por nada, a este capítulo 13, seguirá, en Marcos, el relato de la Pasión. Y, antes, en ese mismo capítulo, ha enseñado a los discípulos -que solo querían esperar como espectadores- que ellos mismos deberán implicarse en los acontecimientos: que serán perseguidos y fastidiados por dar testimonio de él; que tendrán que predicar el evangelio a todas las naciones; que habrán de hablar con la ayuda del Espíritu, rechazados por el mundo y aún, a veces, por su familia, por ser discípulos. (Quienes han venido a Misa en el transcurso de esta semana habrán escuchado algunos de estos pasajes, recogidos de Marcos, en labios de Lucas.)

            La vida cristiana, para Juan el Martillo, no es, pues, una mera expectativa del regreso triunfal del Señor quien, frente al poder de las tropas romanas, de los desastres económicos, de los piquetes, de los saqueos, de la subversión en marcha, actuará milagrosamente para salvarnos. Hay que pelearla; con el poder del evangelio. Y hay que prepararse a, si es necesario, seguir a Cristo en su camino de cruz.

            Los acontecimientos apocalípticos no pertenecen especialmente a ningún tiempo histórico final. Los signos que anuncian el fin pertenecen a lo cotidiano de la existencia de los hombres. Pocas veces no hay guerras, ni desastres, ni triunfos de los malos, ni hombres ni errores que no hagan más que repartir odio o desgracia, ni profanación de los lugares santos, ni calamidades que no aquejen a las naciones o a las familias o a cada uno, aún en la reclusión de la celda del monje. Y todo sirve para acicatearnos a vivir como hermanos de Cristo, a no perder el tiempo, a hacernos santos. Eso es vivir como cristianos, dice "el Martillo", a los buscadores de experiencias místicas, de milagros, de intervenciones celestes, tanto a los nuncios de bonanzas, a los prometedores de utopías, a los mendigos de tu voto, como a los agoreros de desdichas.

            Quizá en la parábola original, tal cual salió de los labios de Jesús, el portero de la casita de vigilancia era una referencia a las autoridades judías frente a los signos de la catástrofe inminente de Jerusalén; pero Marcos la reutiliza para referirse especialmente a las autoridades de la Iglesia, a las autoridades de las naciones. Alguno ha querido ver, incluso, en el portero, una alusión a Pedro, lo cual parece ir bastante más lejos de la intención de Marcos. Pero es probable que la casa ya sea aquí, en su evangelio, imagen de la comunidad cristiana. Es obvio, pues, que, frente a las dificultades y enemigos de la vida cristiana, especialmente vigilantes, especialmente en vela, han de estar sus pastores, los responsables de la Iglesia, los líderes cristianos. ¡Guay de los obispos y sacerdotes, guay de los maestros y padres de familia, que ocupando la casita del portero no cuidan como corresponde a su casa, a la grey, a los hijos, a los que les han sido encomendados, y se pierden en egoísmos, en demagogias, en politiquerías mundanas, en soflamas puramente sociales, en búsqueda de aplausos, de amiguismo, en cuidados que nada tienen que ver con el Reino y la venida de Cristo, sino con los intereses del príncipe de este mundo, dejando que los suyos se duerman en preocupaciones terrenas, en caminos extraviados, en ignorancias doctrinales, en ahogos de pecado.

            Ahora que empezamos, con este primer domingo de Adviento, el nuevo año cristiano, la Iglesia quiere, como cuando se empieza todo camino, poner otra vez en claro la meta y el sentido de nuestro viaje. Lo hace hoy por medio de estas imágenes y parábolas apocalípticas que nos señalan el fin y la tarea. Lo hará los próximos domingos mediante las figuras de Juan Bautista y de María, activos protagonistas de la primera venida de Jesús. Dirijamos, pues, a Él nuestro clamor. Como dice San Pablo en la segunda lectura: "El es el que nos mantendrá firmes hasta el fin, para que seamos irreprochables en el día de la venida de nuestro Señor Jesús."

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