1993- Ciclo A
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
GEP, 23-5-1993
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28, 16-20
En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él, sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo os he mandado. Y yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo".
SERMÓN
Cuando la gente intenta pensar en la creación del universo, suele referirse al instante en donde aparece, hace 20000 millones de años, la materia de la cual, poco a poco, surgirá nuestro mundo actual, y tiende a imaginar, antes de ese hecho, un larguísimo, infinito, tiempo anterior, en donde supuestamente nada había: un enorme espacio vacío, sin nada y en donde, de pronto, por el poder divino, hubieran aparecido átomos, moléculas, estrellas.
Pero tal concepción es totalmente falsa. Ya san Agustín apuntaba que no existe un antes de la creación. Ni siquiera se puede decir que Dios exista antes de la creación, ni después de ella, porque el antes y el después no caben en Dios; que no es en el tiempo, sino en la plenitud ubérrima de su eternidad. Dios no vive esparcido en la temporalidad, sino en pura plenitud, poseída en la juventud sin decaimiento del ahora permanente. No está ni antes ni después del tiempo, está por encima de él.
No existe, pues, un antes de la creación ni tampoco un enorme espacio donde ésta se haya producido. El tiempo y el espacio comienzan con la materia, con el universo. Por eso, de alguna manera, uno puede decir que el cosmos existió y existirá siempre, porque existió durante todo el tiempo y, mientras haya tiempo, existirá.
¿Pero qué filósofo o qué físico, se atreverá, hoy en día, a definir el tiempo, o aún el espacio? Podemos medirlos, pero, en el fondo, no sabemos lo que son. Solo estamos seguros, tanto a nivel científico como filosófico, que el tiempo y el espacio tienen algo que ver con la materia tal cual la conocemos en su actual dimensión. Más aún, desde Einstein , se piensa que la materia, o la energía - que son la misma cosa en distinto estado - vienen a ser de alguna manera como una granulación del continuo espacio-tiempo; la porosidad de las cuatro dimensiones; anfractuosidades, arrugas, desvíos casi despreciables, en los arcos casi perfectos de la curvatura del espacio. El tiempo y el espacio, serían pues como la matriz, la urdimbre, de la materia, y la materia no sería sino deformación de aquellos. Sin la materia no hay tiempo ni espacio; sin éstos no hay materia. Antes de la materia, luego, no había ni tiempo ni espacio.
Hablar de materia, pues, tanto para el físico como para el filósofo, resulta hoy mucho más difícil que en la antigüedad, que con sencillez tocaba con el dedo aquello que podía palpar y afirmaba " ésto es materia "; y señalando con su dedo a su cabeza, hacia sus pensamientos que, en cambio, no podía tocar, decía: " ésto es espíritu ".
Pero cuando el físico moderno hunde sus telescopios en la inmensidad del cosmos y descubre que en el espacio alucinante apenas hay materia, es casi puro vacío, con una densidad media de un protón cada 10 metros cúbicos; o cuando nuestros microscopios descubren que, aún esta materia tan tangible nuestra, en realidad es un entretejido de energías y de partículas girando y moviéndose también en puro vacío y que los 5000 millones de habitantes de nuestro planeta bien comprimidos -de modo de eliminar todos los espacios interatómicos- cabrían en el volumen de un grano de arroz; y que, por otra parte, el mismo pensamiento humano no es algo ajeno a esa materia, porque no puede sino sustentarse en sofisticados procesos eléctricos, químicos y holísticos que suceden en la materialidad de su cerebro; frente a estas constataciones, tanto el filósofo como el físico o el biólogo, no pueden sino declarar su gran ignorancia sobre qué es la materia o qué es el espíritu.
Y si las leyes de la materia, en su línea direccional fundamentalmente entrópica, dependen del espacio y del tiempo de este universo cuatridimensional que conocemos ¿acaso sabemos qué distintas clases de materia, de leyes, podrían hacer surgir otras dimensiones, o qué dimensiones podrían aparecer con otras formas de materia? Las geometrías no euclidianas, los espacios pluridimensionales de Gauss 1, Lobatschewski 2, Riemann 3 o el hiperespacio de Wheeler 4ya nos tienen acostumbrados a estas especulaciones matemáticas, científicas.
La antigüedad judía no contaba con estas categorías algebraicas contemporáneas; ni siquiera con las especulaciones griegas respecto a diferentes espacios, como el empíreo, o diversos tiempos, como el evo, que luego utilizarían los grandes escolásticos: Tomás de Aquino, Alberto Magno, Buenaventura.
La visión del mundo del hebreo se movía en el plano del sentido común para las cosas cercanas, y en el plano del símbolo para las lejanas, para las que no podía comprender.
Por ello, frente al hecho inédito, extraordinario, incomprensible, de la Resurrección de Cristo, los judios cristianos que escriben el nuevo testamento no poseen categorías adecuadas, no tienen vocabulario para describirlo. Con el puro sentido común pueden decir que ya no hay más cadáver, sí, que la tumba se encontró vacía. Eso no ofrece mayor dificultad. Pero, para lo que significaba el hecho de las apariciones, para definir ese nuevo estado al cual ha accedido el Señor, ya eso se les escapa de la mente y del lenguaje. Se dan cuenta de que no se trata de una pura vuelta a la vida, a este tiempo y a este espacio, a este estado de la materia. El Señor aparece, pero estrictamente no está: al menos no está como antes, ha sido transformado, promovido. Ha alcanzado un Señorío, una dimensión majestuosa, potente, divina, que lo muestra ahora no solo como el amigo y maestro que estuvo con ellos durante su vida en Palestina, sino como el Señor del Universo, el Rey del mundo, el que refulge a los ojos de los hombres con la gloria de Dios.
¿Cómo decir ésto sino mediante comparaciones? ¿mediante el lenguaje que conocen del antiguo testamento? Esa dimensión a la cual ha sido Jesús exaltado ¿no podrá llamarse cielo , el antiguo sígno de lo divino, esas alturas simbólicas que corresponden a Dios, al llamado precisamente Altísimo ? ¿No podríamos decir que Jesús ha sido llevado a lo alto, ascendido, exaltado? o quizá, más gráficamente, ¿que ha sido sentado a la derecha de Dios? Y así lo hacen nuestros autores, nuestros primeros teólogos.
Pero ésto, estrictamente, ¿qué significa? En realidad: ¿dónde está Jesús? ¿desde donde se aparece? Porque -en una reflexión que ya hace San Pablo- ciertamente que, en su divinidad y en su mente, Jesús ya está en Dios, en el "cielo"; pero eso no nos sirve para respondernos dónde está su corporeidad. Porque, si resucitó como hombre, ciertamente su dimensión corporal de algún modo ha de estar ubicada, y Dios, el "cielo", en sentido estricto, no es ubicación de nadie, está más allá de toda ubicación, no está en un lugar: está en todo lugar y, al mismo tiempo, fuera de todo lugar, trascendente al espacio.
San Pablo entonces -respondiendo a lo que le planteaban los corintios, no solo respecto a Jesucristo sino a nuestra propia resurrección- dice que nuestra vida futura ciertamente también será humana y por lo tanto de algún modo corpórea: pero la corporeidad será diversa a la de este espacio fatigoso de transitar y de este tiempo que nos desgasta: será el espacio de los panoramas bellos y los recorridos alados, será el tiempo de la perpetua novedad y del continuo crecimiento y juventud. Claro que no lo dice así. Pablo habla de una nueva creación, de otro comienzo, del Reino que la Resurrección de Cristo inaugura. Y, para expresar este cambio, recurre a la antigua distinción entre lo corporal y lo espiritual: dice que morimos con nuestros cuerpos somáticos, carnales, pero seremos resucitados, promovidos, glorificados, transformados en lo que Pablo llama cuerpos "pneumáticos", espirituales 5. Por supuesto que tampoco sabemos lo que es eso. También Pablo, aunque más sutil, se queda en el plano del símbolo: ¿que es un cuerpo espiritual? ¿qué es esta nueva creación? Ciertamente en nuestras condiciones actuales, normadas por nuestro propio tiempo y espacio, no lo podemos imaginar.
Entonces, para terminar, ¿'donde ha ido Jesús'; 'donde iremos nosotros'; 'donde nuestros seres queridos difuntos'?
Habría que decir: Jesús no ha ido a ningún lado que existiera antes de la Resurrección. Así como la aparición de la materia engendra el espacio y el tiempo, así la Resurrección de Jesús engendra su propia dimensión: los cielos nuevos y la tierra nueva de la cual simbólicamente habla el Apocalipsis. Un estado definitivo y excelso, en donde la dimensión o dimensiones que corresponderían al espacio no agobian ni extravían, ni a la del tiempo marchitan o avejentan; panorama de inimaginadas bellezas en donde no se ubicará jamás la fealdad ni la disonancia; corporeidad que nunca más podrá ser ocasión de dolor, ni de sufrimiento, ni de odio, sino de plenitud, de gozo, de armonía, de amistad perfecta.
Tal cual Vds lo han oído en nuestro evangelio de hoy, Mateo no habla de una Ascensión, como, en cambio, lo ha hecho Lucas en la primera lectura. Mateo, para hablar de esta transformación gloriosa y definitiva de Jesús, utiliza otras imágenes: la montaña, lugar simbólico de encuentro del cielo y de la tierra; la afirmación majestuosa que Jesús hace de que ha recibido por la Resurrección todo poder; la reacción de postrarse de los discípulos, que habla de su magnificencia; la duda, que señala la dimensión inexperimentable de la presencia señorial de Cristo.
Pero lo que queda resonando en Mateo es que esa nueva dimensión glorificada que ha alcanzado el Señor, ese Reino que ha inaugurado, aunque no lo podemos percibir aún plenamente, -porque nuestros sentidos y nuestros cerebros están solo hechos para sintonizar los canales de nuestro tiempo-espacio- aún asi está presente entre nosotros. Cristo estrictamente no se ha ido, ha cambiado de estado, de dimensión, pero a una dimensión que, a la manera del hiperespacio de Weehler, es tangente a todos los puntos de cualquier espacio y tiempo.
Desde allí, desde esa presencia todopoderosa y cercana gobierna constantemente al mundo, asiste a su Iglesia: Yo estaré siempre con vosotros, hasta el fin del mundo .
Y es también desde allí, prometiéndonos su respaldo, que nos pide que colaboremos con él en su gesta de llevar a la mayor cantidad de hermanos posibles a esa nueva creación, a esa dimensión definitiva, -más allá de este tiempo que se gasta y este espacio que se estira y evapora, más allá de este cuerpo que nos lleva a la muerte-, haciendo discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que nos ha mandado.
1- Carl Friedrich Gauss , 1777-1855, Universidad de Gotinga, precursor de la geometría no euclidiana.
2- N. I. Lobatschewski , (1793-1856), ruso, Universidad de Kazán.
3- Bernhard Riemann , (1826-1866), discípulo de Gauss. Gotinga.
4- John Archibald Wheeler , (1911), Princeton.
5- Recordar, de todos modos, que, para Pablo, 'espiritual' no se contrapone a material como lo hacen los griegos. Espiritual es, para Pablo, el dominio de lo divino, de lo trascendente, de lo que no es creatura.