Sermones de pascua

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ



Adviento

1986- Ciclo C

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24,46-53
Y añadió: "Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto". Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

SERMÓN

Hasta los chicos de catecismo saben que Dios no ocupa ninguna porción definida del espacio, que está en todo lugar, en todas partes, que no está arriba o abajo, a la derecha o a la izquierda.

Y, sin embargo, como Dios es distinto del universo, del cosmos material que es nuestro hábitat humano, nuestra dimensión espacio-temporal, tendemos a imaginarlo como 'fuera' y 'más allá' del universo. Aún en lenguaje filosófico decimos que Dios no es 'inmanente' al cosmos, sino que es 'trascedente', lo 'trasciende'. Pero todo filósofo sabe bien que este 'estar más allá', esta 'trascendencia', no implica ninguna distancia espacial -al contrario, Dios, en su actuar creador, es lo que está más cerca de lo más íntimo de todas las cosas y de cada uno de nosotros- sino distancia en la categoría de ser, de existir. La distancia que hay entre la existencia plena, infinita, y la existencia participada, limitada.

Pero nuestros medios de percepción de la realidad, nuestros sentidos y cerebro, han sido formados, a través de la evolución y de nuestras propias experiencias, para interpretar lo más correctamente posible solo los datos de la realidad material que nos circunda.

Y aún de la realidad material, nuestros sentidos están tan conformados para el entorno inmediato de los humano que es imposible imaginar, más allá de determinadas magnitudes, distancias macrocósmicas o microcósmicas, que hay que hay que reducir a símbolos matemáticos o, si queremos imaginarlas, reducirlas a escala, en planos o maquetas.

¡Cuánto menos las realidades que no pertenecen a nuestra dimensión cósmica espacio temporal, a lo cuantificable! A ellas no tenemos más remedio que referirnos sino por medio de símbolos extraídos de nuestra experiencia espacial o temporal.

Como cuando hablamos de la eternidad de Dios y pensamos inmediatamente en un tiempo enormemente grande, sin límites hacia el pasado o hacia el futuro. Lo cual es falso, porque el existir de Dios no se reparte en el tiempo como el nuestro, sino que lo vive en la plenitud de un único ahora. Pero, cuando pensamos en ese ahora divino, inmediatamente nos viene en mente el fugaz instante de nuestros ahoras humanos, el salto brevísimo de nuestro segundero. Con lo cual tampoco alcanzamos a imaginar la eternidad.

Y aún las realidades más abstractas de lo humano se califican sin remedio con términos espaciales. "Es un inteligencia 'aguda' u 'obtusa' " -decimos-; "el equipo conserva muy 'alta' su moral", "es un hombre de 'bajos' instintos"; los que piensan mal del cambio de la capital "son unos enanos"; "le concedieron un 'ascenso' ", "fue 'elevado' a tal dignidad". "No 'cayó': le cambiaron el ministerio sin 'rebajarlo' "; " se fue al 'descenso' "; "es un 'trepador' "; "preocupa la 'escalada' de precios"; "'levantemos' el corazón", "pocas 'alzas' en la bolsa ", "es una 'eminencia '", " sobresaliente", "remontó' la mala racha", "se fue para 'arriba' ".

Todas, pues, expresiones que de por sí, indican una posición espacial, pero que simbolizan, señalan, una realidad de orden jerárquico, no mensurable con un altímetro, ni por pisos en los cuales se pueda subir y bajar por ascensor.

¿Qué simbolismo más adecuado, pues, para hablar de lo supremamente trascendente de la existencia no definida, no limitada, de Dios, y de su distancia jerárquica con respecto a la existencia definida y limitada por las esencias, de las creaturas, que el 'arriba' y el 'abajo', el 'cielo' y la 'tierra'?

El hecho de saber por la astronomía que, estrictamente, no existe un 'arriba' y un 'abajo' en esta redonda tierra que gira constantemente sobre su eje y alrededor del sol, no invalida la percepción más espontánea e ingenua del 'arriba' y 'abajo' relativos a cada hombre que, al menos mientras no sea astronauta, cuando mira para arriba ve lo que todos, sin más, llamamos el cielo y para abajo sus zapatos sobre la tierra.

No es, pues, extraño que, desde la más remota antigüedad, y aun hoy en nuestros días, lo de arriba, el cielo, sea símbolo del que trasciende o asciende por sobre todas las cosas: Dios.

Y este simbolismo está tan radicado en los arquetipos del pensamiento humano que casi todos los términos que se utilizaban para designar a lo divino -Dios, Alá Elohim, Zeus, Urano. Cronos- etimológicamente, provienen de raíces lingüísticas que, primariamente, significan 'cielo'. Y, así, el sol, las estrellas, las nubes se transforman también en símbolo de lo divino. Todas las religiones adoraron a esas realidades de lo alto como divinas en sí mismas, Sola y únicamente la revelación veterotestamentaria es la que se anima a decir tajantemente que también esas realidades de lo alto son 'cosas', realidades geográficas o astronómicas, fenómenos naturales creados por Dios, que todo lo trasciende y que, al mismo tiempo, está a todos cercano. Pero aún así, el lenguaje bíblico continúa utilizando el 'arriba' y el 'abajo' simbólicamente. Dios es el 'Altísimo', Dios está por 'sobre el cielo', o, incluso, lo identifica con la imagen del cielo. Como cuando Mateo, tan judío él, en vez de decir Reino de Dios, habla de 'Reino de los cielos'.

Bueno, ya no necesito seguir abundando en estos datos; todos nos damos cuenta, sin mayores explicaciones, lo que la Escritura quiere afirmar cuando habla de que Jesús está 'sentado a la derecha' de Dios, o que fue 'exaltado', o que fue 'elevado' a la gloria o que 'atravesó los cielos' o que 'el cielo lo recibió' o que 'subió al cielo', como dicen varios pasajes del NT. Todos comprendemos la escena que nos describe Lucas en la cual, plásticamente, Jesús, quizá por medio de una levitación, indica su definitiva promoción al ámbito de la plenitud de la existencia divina.

Así pues, como la materia 'asciende' o 'trasciende' cuando se integra en el plasma de una célula viva; así como la célula 'asciende' o 'trasciende' su existencia individua cuando se asimila o sublima en lo animal; así como lo animal, lo biológico, se 'trasciende' y 'asciende' en lo humano; así, finalmente, lo humano de Jesucristo 'asciende' o 'trasciende' a lo divino.

La ascensión no es sino la explicitación, que hacen Lucas y la Iglesia en su liturgia, de lo que ha sucedido en la Resurrección de Jesucristo. No, sencillamente una victoria sobre la muerte, una reanimación de un cadáver, una vuelta a la vida humana -como la de Lázaro o la del hijo de la viuda de Naim- sino la sublimación, la transformación, el ascenso, la promoción y ascensión de lo humano a lo divino.

Así como no se pierde lo material en lo vital, ni lo vegetal en lo animal, ni lo animal en lo humano, sino que se eleva sin perderse, así tampoco nada de lo humano se pierde en la Resurrección y apoteosis de Jesús, sino que se 'eleva' y, en lo divino, sin alienarse, alcanza su colmo y perfección.

Y como Jesús -salvando alguna distancia- nos promete esta misma resurrección y ascensión a los que, por su gracia, muramos unidos a Él por la fe, la esperanza y la caridad, es importante darse cuenta de lo que esta fiesta nos dice en cuanto a nuestro propio futuro.

En el cielo -o en Dios, como quieran llamarlo- no perderemos nada de lo nuestro. No será el cielo para un alma desencarnada, para un fantasma, para un ángel en el cual apenas podré reconocerme; seré yo, cada uno de nosotros, con todo lo que tiene de bueno lo humano y lo material, sin lo malo que hayamos fabricado por nuestra culpa, o por la de los otros, o por los propios límites de la vida del hombre, todo lo bueno -digo- de lo humano y de lo de cada uno, lo que ha tenido y lo que ha deseado, colores y olores, sonidos y tersuras, flores y animales, afectos y amistades, todo será elevado y trascendido y colmado.

Nada de lo bueno y lindo de nuestras existencias humanas se perderá, todo recuperado y elevado con creces a la enésima potencia, en la vitalidad infinita y perfecta de la belleza y felicidad plenas que Cristo y María ya viven en el piélago inmenso de la dicha divina.

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